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Alberto Guerrero Baena
Morelia quiere revisar canción por canción lo que puede cantar Natanael Cano. Alberto Guerrero Baena cuestiona una medida que convierte la censura cultural en sustituto de una verdadera política de seguridad.
La discusión parece girar alrededor de los narcocorridos, pero el problema es mucho más profundo. ¿Quién decide qué puede cantarse, con qué criterios y hasta dónde puede llegar una autoridad cuando pretende combatir la violencia revisando un repertorio? Guerrero Baena lleva el debate justamente a ese terreno: menos espectáculo moral y más responsabilidad pública.
El setlist como acta de acusación: Morelia y la censura sin criterio
El secretario del Ayuntamiento de Morelia anunció que revisará, canción por canción, lo que un artista puede cantar en un escenario. Lo dijo con la solemnidad de quien lee una sentencia: “aquí no importa quién seas, si cruzas la línea, no hay escenario”.
El destinatario inmediato es Natanael Cano, cuyo Vol. 1 Tour incluyó a Morelia para el 21 de noviembre. El destinatario real es cualquier expresión cultural que el municipio decida, sin fundamento técnico, calificar de apología del delito.
Antes de exigirle a un cantante que entregue su repertorio para inspección, los gobiernos, tanto de Morelia cómo de Michoacán, deberían explicar por qué, después de años de estrategias de seguridad anunciadas y refundadas, la respuesta institucional más visible frente al crimen organizado es un filtro de letras de canciones.
La censura no ha funcionado
La prohibición de narcocorridos en México no es una ocurrencia reciente: la primera veda documentada data de 1987 en Sinaloa, y desde entonces se ha repetido en radiodifusoras, gobiernos estatales y, ahora, ayuntamientos. El patrón es consistente: la prohibición no reduce el consumo, lo desplaza y lo dramatiza.
Investigadores del corrido, como Juan Carlos Ramírez-Pimienta, de la Universidad Estatal de San Diego, han documentado que censurar el género produce el efecto contrario al buscado, incrementando su atractivo entre el público joven por su condición de prohibido.
Es el fenómeno que el análisis cultural describe como “efecto Streisand”: la represión de un contenido genera más atención sobre él que su libre circulación.
Morelia y Michoacán no inventan una política; repiten, casi cuatro décadas después, un experimento que ya fracasó, con las mismas herramientas y el mismo argumento moral.
La orfandad técnica del supuesto “comité de revisión”
El anuncio municipal no explica quién integrará ese filtro, con qué criterios criminológicos, antropológicos o jurídicos calificará una canción, ni bajo qué marco de derechos humanos se ejercerá.
No hay mención de un cuerpo académico, de una metodología de análisis de contenido ni de un criterio homologado con estándares de libertad de expresión.
Lo que existe, según la propia autoridad, es la facultad discrecional de un funcionario para decidir qué letra “hace apología” y cuál no.
Esa discrecionalidad es el problema central: un comité sin autoridad académica ni fundamentación criminológica no protege a nadie: sólo decide, con criterios arbitrarios, a qué personajes se les aplica el filtro y a cuáles no.
La selectividad —el reporte municipal reconoce que otros artistas ya se presentaron tras “acordar” excluir ciertos temas— confirma que no se trata de una política, sino de un ejercicio de exhibición pública sobre figuras mediáticamente rentables.
Seguridad pública por sustitución
Michoacán arrastra, desde hace años, una crisis de violencia estructural, disputas territoriales entre grupos criminales y una discusión abierta sobre el futuro de sus policías municipales, incluida la propuesta del gobierno estatal de transferir funciones a la Guardia Nacional.
Frente a ese diagnóstico, revisar el setlist de un concierto no es una política de seguridad: es su sustituto simbólico reorganizar una política pública de seguridad y prevención como la que en estos momentos adolece la capital michoacana.
Estigmatizar una expresión artística permite a la autoridad mostrar acción sin tocar lo que sí le compete —inteligencia, prevención situacional, reconstrucción del tejido policial, atención a la violencia estructural que enfrenta la juventud michoacana—.
Es más sencillo prohibir un concierto que reconstruir el rumbo de una corporación policial o desarticular una red de extorsión.
El costo político de censurar a un cantante es bajo; el de una estrategia de seguridad efectiva, alto y de largo plazo. Ahí está la verdadera decisión de política pública que el municipio ha tomado, aunque no la haya anunciado así.
Lo que la música no explica por sí sola
Ningún estudio serio sobre corridos tumbados sostiene una relación causal directa entre escucharlos y participar en actividades delictivas.
Especialistas en el fenómeno —desde investigaciones universitarias sobre el subgénero hasta trabajos de psicología del desarrollo juvenil— coinciden en que el consumo musical no produce por sí mismo conductas violentas, aunque sí puede funcionar como marco simbólico que normaliza ciertas aspiraciones de movilidad social cuando esas aspiraciones no encuentran alternativas reales.
Ese matiz importa: el corrido tumbado no crea la precariedad, la desigualdad o la falta de rutas legítimas de ascenso social que hacen atractiva la narrativa del narcotráfico; las refleja.
Tratar el síntoma cultural como si fuera la causa estructural es un diagnóstico equivocado, y las políticas construidas sobre diagnósticos equivocados no producen resultados, sólo titulares.
Libertad artística contra la falsa moral institucional
El derecho a la expresión artística, incluida la que incomoda, está protegido constitucionalmente y no se pierde porque una autoridad lo considere de mal gusto.
Existe una diferencia jurídica y ética entre la incitación directa a un delito específico —que sí puede y debe perseguirse— y la narración, exaltación o descripción de una realidad social que el propio Estado no ha logrado contener.
Convertir a un cantante en chivo expiatorio de la violencia que el aparato de seguridad no ha resuelto no es una postura moral: es una evasión de responsabilidad disfrazada de firmeza institucional.
Qué debería hacerse en su lugar
Si el interés genuino es proteger a la juventud, el camino no es un filtro de letras sino inversión sostenida y verificable en prevención social del delito, oportunidades educativas y laborales concretas, y estrategias de seguridad pública con resultados medibles, auditables y de conocimiento abierto para la ciudadanía.
Michoacán necesita métricas claras de reducción de homicidios, desapariciones y extorsión, no actas administrativas de censura o de falsa moral sobre el repertorio de un concierto.
Mientras el debate público se concentre en qué canciones puede o no interpretar Natanael Cano sobre un escenario, nadie le exigirá cuentas al gobierno municipal ni al estatal sobre lo que realmente les corresponde por mandato: garantizar la seguridad de quienes asisten, y de quienes no asisten, a ese concierto.