Canadá se niega a aceptar las nuevas condiciones de Washington y prepara represalias comerciales, mientras la escalada arancelaria de Donald Trump aumenta la incertidumbre sobre el futuro del T-MEC y sacude la integración económica de Norteamérica.
La disputa ya no gira únicamente alrededor de cuánto pagará un producto canadiense al cruzar la frontera. Detrás de los nuevos aranceles aparece una discusión mucho mayor: hasta dónde puede Washington utilizar el acceso al enorme mercado estadounidense para arrancar concesiones a uno de sus principales socios comerciales.
Los aranceles dejaron de ser una simple herramienta comercial entre Estados Unidos y Canadá para convertirse en una prueba de fuerza política. El primer ministro canadiense, Mark Carney, decidió no ceder ante las nuevas exigencias de Washington y suspendió una negociación que, según la administración de Donald Trump, estaba prácticamente cerrada.
La ruptura abre un nuevo capítulo en una guerra comercial que ya alcanza sectores estratégicos, amenaza con encarecer productos a ambos lados de la frontera y coloca una nueva interrogante sobre el futuro del T-MEC, el acuerdo que durante los últimos años ha sostenido buena parte de la integración económica entre Estados Unidos, Canadá y México.
“No podemos aceptar lo que nos han ofrecido, y no cederemos a lo que nos han pedido”, declaró Carney al explicar por qué ordenó a los negociadores canadienses regresar a Ottawa.
El mensaje fue contundente: Canadá está dispuesto a negociar, pero no a cualquier precio.
Canadá se levanta de la mesa
Las conversaciones se habían intensificado durante agosto después de que Washington anunciara aranceles adicionales del 50% sobre unos US$20.000 millones en productos canadienses, utilizando la Sección 338 de la Ley Arancelaria estadounidense de 1930.
Las medidas alcanzan productos que van desde ropa, cemento y productos lácteos hasta artículos deportivos y otros bienes procedentes de Canadá.
Carney aseguró que durante semanas su gobierno había intentado alcanzar un acuerdo que protegiera a los trabajadores, empresas y familias canadienses, pero sostuvo que Washington introdujo nuevas condiciones que Ottawa consideró económicamente perjudiciales.
“Hemos sido pragmáticos, pacientes y persistentes”, afirmó.
Según el primer ministro, Canadá estaba dispuesto incluso a retirar algunos de sus aranceles de represalia en sectores como acero, aluminio y automóviles si Estados Unidos reducía sustancialmente los suyos.
Pero Ottawa trazó varias líneas rojas.
Carney sostuvo que Canadá no aceptaría condiciones que comprometieran su soberanía, sus industrias estratégicas, su sistema de gestión de suministros agrícolas ni las protecciones relacionadas con la cultura y el idioma francés.
“Pidieron demasiado y ofrecieron muy poco”, resumió el mandatario canadiense.
Washington culpa a Canadá
Estados Unidos presenta una versión completamente diferente de lo ocurrido.
El representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, sostiene que Canadá abandonó en el último momento un acuerdo prácticamente terminado que habría reducido todavía más los aranceles para sus exportaciones.
“Bajo la presidencia de Trump, Canadá ha tenido los aranceles más bajos para sus exportaciones al mercado estadounidense. En el último momento, Canadá se retiró de un acuerdo casi concluido que habría reducido aún más estos aranceles”, señaló Greer.
Washington acusa además a Ottawa de introducir nuevas exigencias y echar atrás compromisos asumidos durante las negociaciones.
La administración Trump ha mantenido desde julio que las medidas comerciales contra Canadá responden, entre otras cosas, al acceso de productos estadounidenses al mercado lácteo canadiense, restricciones sobre bebidas alcohólicas y políticas relacionadas con el sector automotor.
Las dos versiones muestran la profundidad del desencuentro: mientras Canadá denuncia condiciones que considera incompatibles con una relación entre socios, Washington sostiene que Ottawa desperdició la posibilidad de obtener uno de los mejores accesos al mercado estadounidense.
Canadá responderá dólar por dólar
La ruptura no quedará únicamente en declaraciones.
Carney anunció que Canadá responderá a los nuevos aranceles estadounidenses dólar por dólar.
Las represalias estarán concentradas en productos de sectores como acero, lácteos, electrodomésticos, maquinaria agrícola, pulpa, papel y productos electrónicos.
Los nuevos aranceles canadienses entrarán en vigor el 8 de septiembre de 2026.
El propio Carney reconoció que la decisión tendrá consecuencias para los consumidores canadienses, porque puede elevar precios y reducir algunas opciones disponibles en el mercado.
Aun así, Ottawa considera que no responder significaría dejar sin protección a las empresas y trabajadores directamente afectados por las decisiones de Washington.
Trump aumenta todavía más la presión
El enfrentamiento escaló nuevamente el lunes 24 de agosto.
Trump anunció aranceles del 50% sobre automóviles, camiones y partes automotrices procedentes de Canadá, cuya entrada en vigor está prevista para el 1 de enero de 2027.
La decisión amplía considerablemente el alcance de la disputa porque la industria automotriz norteamericana funciona mediante cadenas productivas profundamente integradas: piezas y componentes pueden cruzar varias veces la frontera antes de convertirse en un vehículo terminado.
Por eso, una guerra de aranceles entre Estados Unidos y Canadá no afecta únicamente a empresas canadienses.
También puede elevar costos para fabricantes estadounidenses y alterar cadenas de suministro construidas durante décadas.
El T-MEC entra en terreno incierto
Y aquí aparece una pieza fundamental de esta historia.
Estados Unidos, Canadá y México sustituyeron en 2020 el antiguo Tratado de Libre Comercio de América del Norte —TLCAN o NAFTA— por el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).
El acuerdo estableció una revisión conjunta después de sus primeros seis años.
Ese momento llegó el 1 de julio de 2026.
Estados Unidos decidió no respaldar en ese momento una extensión del acuerdo por un nuevo periodo de 16 años. Eso no significa que el T-MEC haya desaparecido ni que haya dejado de estar vigente.
El tratado continúa funcionando, pero al no existir consenso para extenderlo entra en un mecanismo de revisiones anuales. Si posteriormente los tres países acuerdan prolongarlo, puede iniciarse un nuevo periodo de 16 años; si nunca existe ese consenso, el horizonte previsto actualmente llega hasta 2036.
La diferencia es enorme.
Un acuerdo comercial pensado para proporcionar estabilidad durante años entra ahora en una etapa en la que su futuro puede volver a discutirse anualmente.
Y para empresas que toman decisiones de inversión a cinco, diez o veinte años, la incertidumbre también tiene un costo.
México observa una pelea que también le pertenece
Aunque el choque actual tiene como protagonistas a Washington y Ottawa, México está lejos de ser un espectador ajeno.
Estados Unidos mantiene negociaciones bilaterales con el gobierno mexicano dentro del proceso de revisión del T-MEC.
En julio, el representante comercial Jamieson Greer se reunió con la presidenta Claudia Sheinbaum y con el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, durante la tercera ronda bilateral.
Las conversaciones abarcaron seguridad económica, agricultura, condiciones laborales, acero, aluminio, automóviles y servicios de pagos electrónicos.
Washington y México acordaron celebrar una cuarta ronda de negociaciones en septiembre de 2026.
Eso significa que mientras las negociaciones con Canadá se rompen, las conversaciones con México continúan.
El proceso puede terminar modificando no solamente la relación comercial entre Estados Unidos y sus dos vecinos, sino la propia manera en que funciona el bloque económico norteamericano.
Los aranceles ya no son solamente comercio
Durante décadas, Estados Unidos, Canadá y México avanzaron hacia una integración económica cada vez mayor.
Trump está cambiando esa lógica.
Los aranceles se han convertido nuevamente en una herramienta para obtener concesiones comerciales, industriales e incluso políticas de países estrechamente vinculados con Estados Unidos.
Carney lo expresó en términos todavía más duros: considera que Washington está utilizando la integración económica como un arma.
Canadá ha decidido responder.
México continúa negociando.
Y Estados Unidos mantiene abierta la posibilidad de exigir nuevas condiciones antes de comprometerse nuevamente con una extensión de largo plazo del T-MEC.
La guerra comercial entre Washington y Ottawa, por tanto, puede ser mucho más que una disputa por impuestos a productos que cruzan una frontera.