Viejos políticos, nuevos disfraces
Del PRI a Morena, del PLN al chavismo, la corrupción cambia de logo pero no de rostro.
Los llamados “nuevos partidos políticos” o “movimientos anticorrupción” han querido presentarse como una tabla de salvación ciudadana frente al desgaste de las estructuras tradicionales. Sin embargo, tanto en México con Morena, como en Costa Rica con el chavismo y otros experimentos recientes, el disfraz de la novedad no resiste el más mínimo análisis. Detrás de sus logos recién impresos y discursos de “renovación”, se esconden los mismos apellidos de siempre: cuestionados, sancionados, reciclados y premiados con impunidad.
En Costa Rica, los casos abundan. Del PLN han surgido “novedades” como el PAC, incluso figuras de Liberación hoy se visten de “independientes” mientras sueñan con banderas ajenas. Del PUSC, salieron el Movimiento Libertario, el PASE, el Republicano Socialcristiano, el PLP, Alianza Demócrata Cristiana y más recientemente Unidos Podemos, el partido de Natalia Díaz, nació del Movimiento Libertario, por lo que es nieta del socialcristianismo. Es decir, la política nacional parece un árbol genealógico… de traiciones, no de ideas.
Pero lo más burdo es lo que hoy se intenta vender bajo la etiqueta de “chavismo”. Un “movimiento” sin partido consolidado, sin ideología clara, pero con gran talento para reciclar liberacionistas cuestionados. Son “nuevos”, sí… pero en el padrón de 1986.
¿Ejemplos? Con gusto:
- Laura Fernández, exasesora del PLN y ahora ficha presidencial chavista.
- Patricia Rojas, de recibir un sueldo en la campaña de Figueres al gabinete de Chaves.
- Yorleny León, exdiputada verdiblanca, hoy sirviendo al oficialismo y buscando una nueva diputación, esta vez con el chavismo
- Freddy González, implicado en un escándalo de ₡9.000 millones en el cooperativismo, ahora jefe logístico del chavismo.
- Luis Carlos Araya Monge, ex ministro y ex diputado liberacionista, sobrino de un expresidente, hermano de Johnny Araya, y hoy flamante operador cantonal chavista. Con un pasado no muy cristalino por la función pública.
Y ni hablar de Cindy Quesada, Laura Bonilla, Julián Arias, Juan Ignacio Rodríguez o Jorge Rodríguez Vives: todos con ADN liberacionista, todos reciclados por el chavismo como si su pasado político hubiese sido un simple mal sueño.
Lo que estos “nuevos” movimientos hacen es simple: captan figuras con historial dudoso, les ponen camiseta nueva y los venden como soldados del cambio. La narrativa de “refundar el país” sirve para justificar el perdón automático. Basta con jurar lealtad al caudillo de turno y ¡voilà!, todos los pecados quedan absueltos.
En México, este libreto ya se ha representado. El PRI, fundado en 1928, mutó hasta ser un símbolo de corrupción institucionalizada. En 2014, AMLO, ex priista resentido, fundó MORENA y pronto lo llenó de reciclajes. Entre ellos Manuel Bartlett, señalado por el asesinato de un agente de la DEA y protagonista del fraude electoral del 88. ¿Su premio? Dirigir la Comisión Federal de Electricidad. También Manuel Velasco, Alfredo del Mazo y tantos otros que brincaron del PRI o del PVEM a Morena, como si cambiarse de camisa borrara el historial completo.
Por eso no es casual que en México a MORENA se le conozca como “PRIeta”: una broma cruel sobre un partido que dice ser diferente, pero que en realidad es el PRI con otra peluca.
La conclusión es clara: los partidos no mueren, se transforman. Y mientras tanto, nos venden como “renovación” lo que es puro refrito.
Así que, si usted está esperando la muerte política del PLN o del PUSC, le aconsejamos paciencia… o una buena silla. Porque aunque pierdan elecciones, seguirán vivos en sus múltiples reencarnaciones, especialmente cuando se visten de “chavismo”, “liberalismo” o cualquier otro –ismo oportunista que el momento demande.













