✍️ Dr. Oscar Aguilar Bulgarelli | Columna de opinión | Con Fisga
Óscar Aguilar Bulgarelli advierte que las barras bravas ya no están únicamente en las graderías: también empiezan a instalarse en la política, degradando el debate público y convirtiendo la confrontación en método.
Los episodios recientes en la Asamblea Legislativa y en Puntarenas sirven a don Óscar Aguilar Bulgarelli para lanzar una advertencia que va mucho más allá de una bronca política circunstancial: cuando el insulto, la provocación y el hostigamiento sustituyen al debate, las barras bravas dejan de ser una metáfora deportiva y se convierten, a su juicio, en una peligrosa forma de ejercer el poder, con Nogui Acosta y el comportamiento del oficialismo como eje de esta nueva entrega de Con Fisga.
Cuando las barras bravas se apoderan del debate
Nogui Acosta, diputado del PPSO y jefe de fracción, al que me niego a decirle don porque creo que no se merece ese trato respetuoso, justificó el zafarrancho que hicieron sus huestes en la Casa de la Cultura, nada menos, en Puntarenas.
Los malos ejemplos de comportamientos reprochables se cuentan ya casi por cientos en los últimos años; sin embargo, en las últimas semanas han llegado a su clímax. Ver a un expresidente y superministro ensuciar la solemnidad del acto de celebración de la Independencia en Cartago, haciendo gestos y cantando “lero, lero” contra un ciudadano indefenso, es inaceptable y solo explicable por el estado de extraño humor que se reflejaba en sus ojos casi desorbitados.
Pero pocas horas después, Nogui Acosta repetía aquel acto y cantaba su “lero, lero”, nada menos que en el Salón del Plenario de la Asamblea Legislativa, para insultar a las barras ahí presentes, en el lugar señalado para ellas y separadas por gruesas vidrieras, demostrando este individuo que es incapaz de diferenciar la dignidad y señorío que merece el Plenario —donde están reunidos, nada menos, los representantes del SOBERANO en una democracia— de la barra de cantinero en el bar familiar ubicado en Playa Tamarindo.
Por eso no tuvo empacho en justificar la lamentable actuación de sus huestes del “arroz con pollo”, que convirtieron la Casa de la Cultura de Puntarenas, donde se reunía la Asamblea Legislativa para honrar a los héroes de la Patria, en todo lo contrario: un verdadero albañal y una vergüenza nacional.
Igual justificó al diputado que, cubriéndose el rostro para ocultar su cobarde acto, chiflaba a una compañera diputada mientras hablaba en el podio, mientras otras de sus compañeras sonreían y aplaudían tan deleznable acto. Igualmente, las hubo que subieron a las graderías a azuzar a sus huestes para que atacaran a los diputados de oposición.
Estos actos no tienen justificación. Si Alberto Cañas dijo alguna vez que el problema era que a la Asamblea había llegado la gradería de sol, yo diría que ahora es peor: llegaron las barras bravas con todas sus nefastas fragancias y hasta con los jefes que les consiguen los ingresos para convertir el diálogo en insultos soeces.
La verdad, me estremezco al pensar lo que le puede suceder a nuestro país con esta burda canalla en el poder, pues solo vislumbro lo peor cuando vemos que hemos caído en lo que en otros países empiezan a llamar “los creadores del caos”… y de ahí a la dictadura.
Y si a lo anterior agregamos que el ciudadano chino naturalizado costarricense de apellidos Zhang Guobin, capturado y requerido por Estados Unidos por presuntos delitos relacionados con el narcotráfico, es vinculado por la DEA con los cárteles de Sinaloa y del Golfo, en México, y con el Clan del Golfo, en Colombia; y que ahora aparece en fotografías de la celebración del triunfo electoral de Laura Fernández, incluso junto a doña Pilar Cisneros, ¡el panorama no puede ser más tenebroso!
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Antes de advertir sobre las barras bravas que se apoderan del debate político, Óscar Aguilar Bulgarelli cuestionó en su columna anterior quién ejerce realmente el poder en Costa Rica: “Laura, ni reina… ni gobierna”.