La artista mexicana Miriam Salas encontró en el xoloitzcuintle una forma de contar a México: sus raíces, símbolos, colores y memoria convertidos en una obra que ya ha cruzado fronteras.
En conversación con Ecos del Zurquí, Miriam Salas repasó el camino que la llevó desde la publicidad y la docencia hasta un proyecto artístico en el que el perro ancestral mexicano dejó de ser solamente un motivo pictórico para convertirse en una puerta hacia la identidad, la historia y la belleza de México.
Hay artistas que encuentran un tema. Miriam Salas encontró una manera de contar a México.
En sus lienzos aparece el xoloitzcuintle, pero nunca está solo. Lo acompañan flores, nopales, maíz, glifos, referencias prehispánicas, colores intensos y símbolos que remiten a distintas regiones del país. El perro ancestral mexicano termina convertido en una especie de territorio sobre el cual la artista va reconstruyendo memoria, identidad y pertenencia.
Eso fue precisamente lo que quedó claro durante una conversación con Este Paisano, realizada en Ciudad de México, donde Miriam Salas abrió las puertas de su casa, mostró parte de su obra y contó cómo llegó a convertir al xoloitzcuintle en el eje de un proyecto artístico que ya lleva varios años creciendo.
Y, por fortuna, la conversación tuvo poco de interrogatorio y mucho de sobremesa: cuadros que iban y venían, café, bromas, explicaciones, recuerdos y alguna que otra desviación antes de regresar al tema. Justamente ahí estuvo buena parte de su encanto.

Miriam Salas quería ser artista desde niña
La historia comienza mucho antes de los xoloitzcuintles.
Miriam Salas nació en Ciudad de México y contó que desde muy pequeña quería dedicarse al arte. Sin embargo, provenía de una familia vinculada a la medicina y, como ocurre en muchas familias, existía cierta expectativa de continuar la profesión. Ella tomó otro camino.
Estudió mercadotecnia y trabajó en publicidad. Aquello le permitió acercarse a los colores, al diseño y a la creatividad, aunque todavía sentía que faltaba algo. Mientras trabajaba seguía dibujando, incluso durante reuniones y en carpetas de oficina, hasta que terminó renunciando para buscar aquello que llevaba años queriendo hacer.
Su llegada a la Academia de San Carlos representó otro punto importante de ese camino. Ahí encontró talleres, materiales y una manera distinta de entender el trabajo artístico. Con el tiempo también se convirtió en docente de arte y diseño.
Pero todavía faltaba encontrar aquello que terminaría distinguiendo su obra.
El xoloitzcuintle apareció en medio de la pandemia
Durante años Miriam Salas trabajó también con pintura abstracta. La pandemia cambió buena parte de su rutina profesional y la obligó, como a tantos otros artistas, a replantearse el trabajo y buscar nuevas posibilidades.
Fue entonces cuando apareció un encargo relacionado con el xoloitzcuintle.
Aquella primera experiencia fue creciendo. Publicó trabajos en redes sociales, comenzó a recibir nuevas oportunidades y lo que inicialmente parecía un cuadro más terminó convirtiéndose en un proyecto.
Pero hubo otro momento decisivo.
En un encuentro en Morelia, Miriam Salas tocó por primera vez un xoloitzcuintle. Hasta entonces los había observado en fotografías y referencias visuales. El contacto con un ejemplar llamado Ragnar cambió su manera de mirar al animal.
Ella describe aquel instante como un verdadero “chispazo”.
A partir de ahí comenzó a estudiar con mucho mayor detalle los ojos, las orejas, los tamaños, la piel, sus tonalidades y la manera en que el cuerpo del xolo cambia con la luz. Para Miriam Salas hubo, literalmente, un antes y un después.
Pintar al xoloitzcuintle para pintar a México
Y ahí está el corazón de la obra de Miriam Salas.
El xoloitzcuintle es protagonista, pero también funciona como punto de partida.
En uno de sus cuadros aparecen referencias a bordados de Oaxaca; en otros introduce nopales, flores, maíz, círculos, símbolos y elementos prehispánicos. Cada pieza puede dialogar con algún territorio, alguna tradición o alguna imagen profundamente ligada a México.
El círculo, por ejemplo, aparece reiteradamente en su trabajo como representación de los ciclos de la vida. El número tres también se repite. En otra obra, el maíz aparece vinculado a ideas como abundancia, fertilidad y raíces.
Miriam Salas no pinta solamente la silueta reconocible de un perro mexicano. Construye alrededor de él una conversación con el país.
En un momento de la entrevista lo resume desde una idea sencilla pero poderosa: regresar al origen y enaltecer lo mexicano.
Y quizá por eso su trabajo funciona tan bien: porque el xoloitzcuintle no aparece como un adorno folclórico. Es una puerta.
Detrás están México, sus colores, sus contradicciones, sus raíces y una memoria que puede tomar la forma de un nopal, una flor, un glifo o una mirada.
“Pinto y envío”: la obra de Miriam Salas cruzó las fronteras
Hay otra parte interesante de la historia.
Miriam Salas no se ha concentrado únicamente en exponer. Su modelo de trabajo ha consistido en producir piezas, recibir encargos y enviarlas directamente a sus compradores.
Ella misma lo resumió durante la conversación con una frase perfecta:
Pinto y envío. Pinto y envío.
Según relató, gran parte de su producción ha terminado en Estados Unidos, aunque también ha enviado trabajos a Canadá, Brasil, Argentina y distintos países europeos, entre ellos España, Francia, Italia, República Checa, Alemania y Rusia.
También ha llevado su proyecto a espacios institucionales y trabaja constantemente en la promoción de su obra.
Y aquí aparece algo curioso: la mercadotecnia que alguna vez pareció alejarla de aquello que quería ser terminó convirtiéndose en una herramienta para sostener lo que siempre quiso hacer.
La mercadóloga y la artista terminaron trabajando juntas.
No todo es mito: el xoloitzcuintle también necesita cuidados
La conversación permitió además salir del cuadro y hablar del perro real.
El xoloitzcuintle suele estar rodeado de simbolismo, particularmente por su relación con tradiciones mesoamericanas y con las representaciones del tránsito hacia el mundo de los muertos. Pero Miriam Salas insiste también en otra dimensión: detrás del símbolo existe un animal que necesita atención, educación y cuidados.
Durante la entrevista señaló que actualmente existen xoloitzcuintles en situación de abandono y habló de casos en los que propietarios terminan entregándolos, los pierden o simplemente dejan de poder hacerse cargo de ellos.
También cuestionó la humanización excesiva de los perros y defendió la necesidad de establecer rutinas, límites, alimentación adecuada, ejercicio y atención.
Porque una cosa es admirar al perro ancestral mexicano.
Otra es asumir la responsabilidad de cuidarlo.
Homenaje al Xoloitzcuintle: una cita para el 31 de octubre
Todo ese trabajo alrededor del xoloitzcuintle tendrá además un encuentro especial el próximo 31 de octubre.
Miriam Salas organiza una jornada dedicada a la raza que combinará arte, divulgación, convivencia y formación. La intención, según explicó, es ir mucho más allá de una exposición y ofrecer información sobre el xoloitzcuintle, incluyendo sus distintas variedades, cuidados y características.
Un pedazo de México sobre cada lienzo
Al final, quizá la mejor manera de entender la obra de Miriam Salas sea volver a mirar los cuadros.
El xoloitzcuintle está ahí.
Pero también están el maíz, los nopales, las flores, los colores, los símbolos antiguos, la mirada contemporánea y esa necesidad de seguir preguntándose de dónde venimos.