✍️ Dr. Oscar Aguilar Bulgarelli | Columna de opinión | Con Fisga
El “lero lero” dejó de ser una simple expresión infantil para convertirse, en cuestión de días, en protagonista de dos escenas políticas que ocurrieron en espacios cargados de simbolismo institucional. Para Óscar Aguilar Bulgarelli, detrás de la burla hay algo más profundo: una forma de ejercer el poder que degrada el respeto debido al ciudadano y a las instituciones.
De Cartago al Plenario Legislativo, la burla terminó ocupando espacios donde el poder debería hablar con otra altura. El lero lero sirve así como punto de partida para una nueva entrega de Con Fisga, en la que don Óscar Aguilar Bulgarelli pone la mirada sobre una conducta que, a su juicio, rebasa la anécdota y toca directamente el respeto por la ciudadanía y las instituciones. A partir de aquí, habla don Óscar.
Lero lero: de la burla cotidiana al escenario del poder
Todos sabemos qué significa el famoso “lero, lero…” y muy pocos costarricenses dirán que nunca lo han utilizado, por la sencilla razón de que es un giro burlesco del habla cotidiana de nuestro país.
Pero una cosa es usarlo en los patios escolares o colegiales, en otros tiempos en los juegos infantiles de parques y plazas, o en estadios para mortificar burlonamente a un contrincante; y otra muy distinta hacerlo en la festividad de los actos de la Independencia o en el Plenario Legislativo.
El cogobernante de hecho Rodrigo Chaves, en los actos del 14 de setiembre en Cartago, ante una simple y llana pregunta: “¿Por qué no puedo entrar? ¿Por qué me piden la cédula?”, montó en cólera y, con gesto desorbitado y cara de “ni uno más”, se burló ofensivamente de aquel ciudadano que, a diferencia del ministro, andaba sin guardaespaldas, gritándole el “lero, lero”, a sabiendas de que, en aquel ambiente, su reacción era ofensiva, complementada con la sugerencia de utilizar crema de rosas.
Sí, el cogobernante Chaves ensució, enlodó aquella celebración por la libertad y, lo más grave, en el insulto a aquel ciudadano agredió la dignidad de todo costarricense que, si tiene honor, se sintió ofendido, pues con aquella malacrianza insultó también a la Patria.
Pero claro, como todos son coyotes de la misma loma, no podía faltar alguno que, deseoso de demostrar a su maestro lo bien que había aprendido su vulgaridad, hiciera un acto que mereciera el aplauso del padrote de la manada. Y, por supuesto, fue nada menos que el jefe de fracción oficialista, el tal NOgui Acosta, quien, de pie junto a su curul de diputado, nada menos que en la sala del Plenario Legislativo, y volviéndose hacia la barra del público, hizo el gesto clásico con sus manos a la altura de sus vacías sienes, y el “lero, lero” se hizo presente en aquella sala, sitio de reunión oficial de los representantes del Soberano, que igualmente fue insultado.
Es obvio que el susodicho diputado, dentro de su habitual ignorancia generalizada, no tiene conciencia de la majestad y respeto que merece y exige ese Plenario; y sí, creo que, en casos como este, se le debe exigir respeto y dejar el palurdismo, si no en la casa, por lo menos en la puerta.
Lo más triste de estos actos, como colofón, fue ver a la cogobernante electa justificar la actuación de su cogobernante de hecho, demeritando enormemente la dignidad del cargo que ocupa y que nos obliga a todos a exigir que lo ejerza con dignidad, pues su escenario es todo el país y no el de un teatro de marionetas.
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Antes de poner bajo la lupa el “lero lero” y la burla desde el poder, Óscar Aguilar Bulgarelli había lanzado otra advertencia sobre el rumbo político del país: “No queremos militares”.