“Quien desprecia la fe del pueblo, termina enfrentando lecciones que ni el poder más grande puede evitar.”
El presidente nunca ha acompañado al pueblo en la romería del 2 de agosto, y ahora enfrenta un quebranto de salud que muchos interpretan como una lección simbólica.
En un país profundamente católico y marcado por sus tradiciones religiosas, ningún presidente había desairado tantas veces la romería a la Virgen de los Ángeles como Rodrigo Chaves. Desde que llegó al poder, el mandatario ha optado por ausentarse cada 2 de agosto del santuario nacional de Cartago, ignorando uno de los actos de fe más significativos para el pueblo costarricense.
La romería no es solo un acto religioso: es una expresión cultural, histórica y espiritual que ha unido al país por más de dos siglos. Es el día en que millones de costarricenses, sin importar credo o condición, caminan juntos en señal de gratitud, fe y esperanza. Es, en muchos sentidos, un recordatorio de humildad y cercanía con el pueblo.
Pero Chaves ha elegido siempre lo contrario: el desdén por lo popular, el desprecio por lo simbólico y la distancia con el corazón espiritual del país. Y mientras evita caminar junto a su pueblo hacia la Basílica, ahora será él quien camine hacia un quirófano en Estados Unidos: el presidente confirmó que será operado por una hiperplasia prostática, un padecimiento que afecta la glándula asociada a la virilidad masculina.
Para muchos costarricenses, no se trata de una simple coincidencia. En la sabiduría popular, cuando alguien desprecia lo sagrado, la vida misma se encarga de recordarle su fragilidad. El hombre que se creyó por encima de la fe de su pueblo, ahora debe enfrentar una lección que ni el poder ni el dinero pueden evitar.
No deja de ser irónico: quien nunca se arrodilló ante la Virgen de los Ángeles, ahora lo hará en una camilla de hospital. Quien no caminó hacia Cartago por humildad, ahora caminará hacia un quirófano por necesidad. Y quien despreció las tradiciones que dan identidad a Costa Rica, hoy tiene frente a sí una verdad imposible de evadir: hay cosas que el poder no puede comprar, ni evitar.











