Donald J Trump ya no solo domina la política de Estados Unidos. Su nombre, su imagen y su figura aparecen cada vez más ligados a programas públicos, símbolos del Estado y puestas en escena que alimentan un evidente culto al poder.
No se trata de una ocurrencia aislada ni de un simple meme presidencial. Cuando un mandatario propone rebautizar territorios, presta su apellido a iniciativas oficiales y es presentado desde la propia Casa Blanca como rey, papa o superhéroe, lo que emerge no es una anécdota, sino un patrón político que merece ser examinado.
¿Dónde termina Donald J Trump y dónde comienza el Estado estadounidense?
La pregunta no exige diagnosticar al presidente ni atribuirle una enfermedad mental. Basta seguir una secuencia de hechos públicos, muchos de ellos documentados por la propia Casa Blanca, el Departamento del Tesoro, la Marina estadounidense y otras instituciones federales. Y lo que esa secuencia revela es extraordinario.
Del Golfo de México al “Trump Strait”
El proceso comenzó desde el primer día de su segundo mandato.
El 20 de enero de 2025, Donald J Trump firmó la Orden Ejecutiva 14172, mediante la cual ordenó que, para efectos del Gobierno federal estadounidense, la zona del Golfo de México comprendida en la plataforma continental de Estados Unidos pasara a denominarse “Gulf of America” —Golfo de América—. También restituyó el nombre Mount McKinley para Denali.
Donald J Trump llegó incluso a proclamar el 9 de febrero de 2025 como el primer “Gulf of America Day”.
Aquello podía interpretarse todavía como una mezcla de nacionalismo, provocación diplomática y batalla cultural.
Pero no terminó allí.
El 27 de agosto de 2026 firmó la Orden Ejecutiva 14422 para que el Gobierno estadounidense llamara “Lake America” —Lago América— al Lago Ontario, compartido por Estados Unidos y Canadá. La orden instruyó además actualizar el sistema oficial estadounidense de nombres geográficos y eliminar de él las referencias a “Lake Ontario”. Canadá no queda jurídicamente obligado por una orden presidencial estadounidense.
Google y posteriormente Apple comenzaron a mostrar Lake America a usuarios estadounidenses de sus mapas.
Y el 2 de setiembre Donald J Trump fue todavía más lejos.
En medio del conflicto con Irán publicó:
…should we change the name Hormuz Strait to TRUMP STRAIT???
Es decir: ¿deberíamos cambiar el nombre del estrecho de Ormuz por “TRUMP STRAIT”?
No existe, hasta ahora, un cambio oficial del nombre internacional del estrecho. Fue una propuesta del presidente. Pero no se trató de una atribución de sus adversarios: salió de su propia cuenta, mientras aseguraba que Estados Unidos tenía el paso marítimo “bajo control”.
La cuenta oficial de la Casa Blanca amplificó después la idea con un mapa que mostraba la denominación Trump Strait.
El asunto sería apenas pintoresco si el estrecho de Ormuz no fuera uno de los puntos geopolíticos más delicados del planeta y escenario de un enfrentamiento militar entre Estados Unidos e Irán.
Ahora también “New America”
El siguiente episodio llegó este fin de semana.
Donald J Trump promovió en sus redes la posibilidad de sustituir el nombre del estado de New Mexico por “New America”.
Reuters documentó este 7 de setiembre que el mandatario difundió mapas con esa denominación y respaldó públicamente la propuesta. La gobernadora de Nuevo México, Michelle Lujan Grisham, respondió que el nombre del estado —que precede incluso a la creación de Estados Unidos— no está en negociación.
Aquí existe nuevamente una diferencia fundamental: Donald J Trump no puede cambiar unilateralmente mediante decreto presidencial el nombre de un estado.
Pero el patrón permanece.
Golfo de América.
Lago América.
New America.
Trump Strait.
La geografía comienza a funcionar también como instrumento del espectáculo presidencial.
“Larga vida al rey”
La construcción de la figura personal había dado señales mucho antes.
En febrero de 2025, después de que su administración intentara frenar el cobro por congestión vehicular de Nueva York, Donald J Trump celebró escribiendo:
“LONG LIVE THE KING!”
“¡Larga vida al rey!”
La Casa Blanca no se limitó a reproducir la frase: sus cuentas oficiales difundieron una imagen de Donald J Trump con una corona, presentada como una falsa portada de revista. La publicación fue auténtica.
Estados Unidos nació precisamente de una revolución contra una monarquía.
Más de dos siglos después, la institución presidencial utilizaba sus canales oficiales para representar a su presidente como un rey.
Podía ser una broma.
Pero entonces llegó el papa.
Donald J Trump convertido en papa
El 2 de mayo de 2025, pocos días después de la muerte del papa Francisco y cuando la Iglesia católica se preparaba para elegir a su sucesor, Donald J Trump difundió una imagen creada con inteligencia artificial en la que aparecía vestido completamente de pontífice.
La Casa Blanca volvió a compartirla.
Trump había dicho anteriormente, en tono jocoso, que le gustaría ser papa. Cuando llegaron las críticas, aseguró que todo era una broma.
El problema ya no era solamente que Donald J Trump produjera o compartiera caricaturas de sí mismo.
Era que la comunicación institucional de la Presidencia estadounidense comenzaba a participar de la construcción mitológica del personaje.
Donald J Trump convertido en papa: la Casa Blanca también participó del espectáculo
No fue solo una imagen publicada por Donald J Trump. La propia Casa Blanca compartió la representación del presidente vestido como papa, en medio del luto por la muerte de Francisco. Un episodio que ya mostraba hasta dónde podía llegar la construcción simbólica de su figura desde canales institucionales.
La Casa Blanca convierte a Donald J Trump en Linterna Verde
Este 6 de setiembre de 2026, la propia página oficial de la Casa Blanca publicó un video con Trump transformado mediante inteligencia artificial en Green Lantern —Linterna Verde—.
La pieza fue difundida desde la cuenta oficial de la Casa Blanca y muestra a Donald J Trump transformado mediante inteligencia artificial en Linterna Verde.
No hay que recurrir a una captura dudosa de X para probarlo.
El video permanece alojado en el sitio oficial de la Presidencia estadounidense bajo el título:
“Let those who worship evil’s might beware my power… Green Lantern’s light!”
La pieza lo representa utilizando los poderes del personaje y mezcla al presidente con mensajes sobre la frontera, la industria y el poder militar estadounidense.
No es contenido producido por un simpatizante.
Es propaganda visual publicada por la Casa Blanca.
La frontera entre institución, campaña, entretenimiento y culto personal resulta cada vez más difícil de distinguir.
Una Gaza con hoteles Trump y una estatua dorada de Donald J Trump
Uno de los ejemplos más perturbadores apareció en febrero de 2025.
Después de proponer que Estados Unidos asumiera el control de Gaza y la reconstruyera como una especie de “Riviera de Oriente Medio”, Donald J Trump publicó un video generado mediante inteligencia artificial que mostraba una Gaza transformada en resort de lujo.
En las imágenes aparecían edificios identificados como “Trump Gaza”, dinero cayendo del cielo y una enorme estatua dorada de Donald J Trump.
También se mostraba al mandatario junto al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu descansando junto a una piscina.
Una población devastada por la guerra era convertida visualmente en el escenario de una fantasía inmobiliaria presidida por la imagen monumental del propio presidente estadounidense.
El apellido Trump comienza a entrar al Estado
Pero el fenómeno no se limita a memes.
Ahí está quizá la parte más relevante.
En febrero de 2026 la administración lanzó TrumpRx.gov, una plataforma gubernamental para acceder a descuentos y comparar precios de medicamentos.
La denominación no es una etiqueta inventada por la prensa. La propia Casa Blanca anunció oficialmente:
“President Donald J. Trump Launches TrumpRx.gov”.
También existen las Trump Accounts, cuentas de inversión para menores que el Departamento del Tesoro lanzó oficialmente en julio de 2026 y que cuentan incluso con una aplicación gubernamental propia.
El Gobierno mantiene igualmente una iniciativa migratoria promocionada desde sus páginas como Trump Gold Card, aunque la orden ejecutiva que la creó utiliza formalmente el nombre Gold Card. El programa permite acelerar determinadas solicitudes migratorias mediante aportes de un millón de dólares por individuo o dos millones cuando una corporación patrocina al beneficiario.
Ya no estamos únicamente frente al eslogan de una campaña.
Estamos viendo el apellido del gobernante integrado a instrumentos y servicios del Gobierno que encabeza.
Su firma en los billetes
El 26 de marzo de 2026, el Departamento del Tesoro anunció otra decisión sin precedentes: la firma de Donald J Trump aparecerá en futuros billetes de Estados Unidos.
Según el propio Tesoro, será la primera vez en la historia estadounidense que la firma de un presidente en funciones aparezca de esa forma en el papel moneda.
La institución lo justificó como un homenaje vinculado al 250 aniversario de Estados Unidos.
Pero la historia no terminó con la firma.
Su rostro en una moneda de un dólar
Este 2 de setiembre, la Casa de Moneda de Estados Unidos puso a la venta una moneda conmemorativa de un dólar que lleva el rostro de Trump en el anverso.
La propia U.S. Mint la denomina oficialmente “2026 Semiquincentennial President Donald J. Trump $1 Coin”.
De un lado aparece Donald J Trump.
Del otro, el sello presidencial.
Persona y Estado nuevamente frente a frente sobre el mismo objeto.
Y hasta una clase de buques de guerra lleva su nombre
En diciembre de 2025 la Marina estadounidense anunció el desarrollo de una nueva generación de grandes buques de combate.
Su nombre oficial: Trump class.
La futura USS Defiant fue presentada por la propia Marina como la primera nave de la “Trump class battleship”.
Que un presidente en funciones vea bautizada una clase de buques militares con su propio apellido vuelve a colocar sobre la mesa la misma interrogante:
¿se está honrando a Estados Unidos o se está construyendo en tiempo real el monumento a un hombre?
Donald J Trump también llegó al Instituto de Paz
En diciembre de 2025 la administración colocó su nombre en la sede del United States Institute of Peace, presentándolo como Donald J Trump Institute of Peace.
El cambio ocurrió mientras existía una disputa judicial sobre el control de la institución y sobre la actuación de la administración frente a ella. Incluso los reportes oficiales de prensa presidencial dejaron constancia de que la ley que creó el instituto en 1984 lo denomina simplemente Institute of Peace.
Otra institución pública había comenzado a llevar el apellido presidencial.
El Kennedy Center y el límite que puso un juez
También en diciembre de 2025, la nueva junta del Kennedy Center —reestructurada después del regreso de Donald J Trump al poder— votó para incorporar su nombre y presentarlo como Trump-Kennedy Center.
Pero allí apareció un contrapeso.
En mayo de 2026, el juez federal Christopher Cooper ordenó retirar el nombre de Trump de las instalaciones y del material oficial, al concluir que el centro no podía ser rebautizado sin una ley del Congreso.
El episodio resulta especialmente revelador.
No todo aquello que el entorno presidencial pretende convertir en marca Trump puede hacerse únicamente porque el presidente o sus aliados lo desean.
Todavía existen instituciones capaces de decir no.
El vicepresidente que alguna vez vio a “America’s Hitler”
Y aquí aparece JD Vance.
Mucho antes de convertirse en vicepresidente de Donald J Trump, Vance fue uno de sus críticos más duros.
En un mensaje privado de 2016 se preguntó si Trump podía llegar a ser:
“America’s Hitler.”
Reuters confirmó la autenticidad del intercambio cuando Donald J Trump escogió a Vance como compañero de fórmula en 2024. En aquella época Vance también había llamado públicamente a Trump “idiot” y “reprehensible”.
Hay que completar la historia: Vance posteriormente aseguró que se había equivocado, afirmó que la primera presidencia de Donald J Trump cambió su opinión y terminó convertido en uno de sus defensores más leales.
Políticamente la contradicción es brutal: JD Vance pasó de advertir sobre “America’s Hitler” a alinearse con Trump cuando el poder comenzó a abrirle la puerta, hasta terminar convertido en su vicepresidente.
¿Está enfermo Donald J Trump?
Aquí es donde una investigación seria debe colocar un límite.
Hay razones para discutir públicamente la edad y salud de cualquier presidente de 80 años.
Existe además una condición médica comprobada: en julio de 2025 la Casa Blanca informó que Donald J Trump había sido diagnosticado con insuficiencia venosa crónica, después de observarse hinchazón en sus piernas. Las evaluaciones descartaron entonces trombosis venosa profunda, enfermedad arterial, insuficiencia cardíaca y problemas renales.
Pero esa condición circulatoria no constituye evidencia de una enfermedad mental.
Y el último informe médico oficial disponible tampoco permite afirmar que Trump padezca deterioro cognitivo.
Tras su examen de mayo de 2026, su médico, Sean Barbabella, sostuvo que el presidente estaba en “excelente salud”, con buen funcionamiento cardíaco, pulmonar y neurológico y capacidad plena para ejercer el cargo. AP informó además que obtuvo una puntuación perfecta en el Montreal Cognitive Assessment utilizado en la evaluación.
Trump sostiene que ya ha realizado tres pruebas cognitivas y que ha obtenido resultados perfectos en todas. Reuters documentó también que existen debates dentro y fuera de Washington acerca de su edad, resistencia y capacidad, particularmente ahora que tiene 80 años.
Por eso Radio Zurquí no puede afirmar responsablemente que Donald Trump esté “loco”, padezca demencia o sufra determinado trastorno psiquiátrico.
No existe un diagnóstico público que lo sustente.
El poder también ha sido estudiado como intoxicante
Eso no significa que la conducta de los gobernantes no pueda analizarse.
En 2009, David Owen y Jonathan Davidson publicaron en la revista científica Brain un estudio sobre lo que denominaron “hubris syndrome” o síndrome de hybris, examinando presidentes estadounidenses y primeros ministros británicos.
Entre los comportamientos asociados al fenómeno estudiaron las aspiraciones grandiosas, la confianza excesiva, la impulsividad, la negativa a escuchar consejos y el deterioro del juicio asociado al ejercicio del poder.
El concepto no constituye actualmente un diagnóstico psiquiátrico oficial.
Sin embargo, resulta especialmente interesante que en mayo de 2026, Owen y Eugene Sadler-Smith retomaran el asunto en The BMJ y mencionaran expresamente los debates recientes sobre la aptitud de Trump. En lugar de diagnosticarlo, propusieron utilizar la hybris como marco para estudiar cómo el poder puede deteriorar progresivamente el comportamiento de determinados líderes.
La literatura describe entre esos patrones un sentido grandioso de sí mismo, exceso de confianza, arrogancia, desprecio por las críticas y tendencia a sobrevalorar las probabilidades de éxito de las propias decisiones.
La semejanza entre un marco académico y determinadas conductas observables puede plantearse.
Convertir esa semejanza en un diagnóstico individual no.
La “regla Goldwater”: por qué no corresponde diagnosticarlo desde lejos
La propia Asociación Estadounidense de Psiquiatría establece desde 1973 la llamada Goldwater Rule.
La regla permite que los psiquiatras expliquen fenómenos psicológicos o enfermedades en general, pero considera contrario a la ética emitir una opinión profesional sobre la condición psiquiátrica concreta de una figura pública a la que no hayan examinado personalmente y para cuya evaluación no cuenten con autorización.
Ese límite fortalece, y no debilita, la crítica.
No necesitamos convertir una opinión política en un diagnóstico clínico.
Los hechos son suficientemente extraordinarios por sí solos.
La pregunta no es si está “loco”
Quizá esa sea precisamente la trampa.
Preguntarse únicamente si Trump está “loco” reduce un problema político e institucional a la salud de un individuo.
La pregunta más profunda es otra.
¿Qué ocurre con una democracia cuando la figura del gobernante comienza a ocupar el espacio simbólico del propio Estado?
Cuando el nombre presidencial aparece en programas gubernamentales.
Cuando su rostro llega a la moneda.
Cuando su firma llega al billete.
Cuando una clase de buques militares lleva su apellido.
Cuando instituciones son rebautizadas en su honor.
Cuando la Casa Blanca lo representa como un rey.
Cuando lo convierte en papa.
Cuando lo transforma en superhéroe.
Cuando un territorio devastado por una guerra aparece en una fantasía digital lleno de hoteles con su nombre y una estatua dorada de sí mismo.
Cuando propone que un estrecho estratégico internacional se llame Trump Strait.
Y cuando hasta el mapa comienza a convertirse en una extensión de la personalidad presidencial.
Todo eso no demuestra una enfermedad psiquiátrica.
Demuestra algo políticamente comprobable: un nivel extraordinario de personalización del poder.
El Estado como espejo del gobernante
El culto a la personalidad no comienza necesariamente con una estatua en una plaza.
Puede comenzar con algo aparentemente trivial.
Una imagen.
Un meme.
Un nombre.
Una moneda.
Una institución.
Un programa.
Y después otro.
Y otro.
Hasta que la excepcionalidad deja de parecer excepcional.
Donald J Trump ha llevado durante décadas su apellido a hoteles, torres, campos de golf y productos comerciales. Eso pertenece al universo de una empresa privada.
La diferencia en su segunda presidencia es que la marca Trump penetra ahora espacios que pertenecen al Estado estadounidense.
Ahí está el problema.
Un empresario puede llenar sus edificios con su apellido.
Un presidente ejerce temporalmente una autoridad que pertenece a la República.
Y cuando ambos mundos empiezan a confundirse, ya no estamos hablando solamente de ego.
Estamos hablando de poder.