El Escudo de Flávio y la soledad mexicana

🖋️Seguridad y Justicia
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Alberto Guerrero Baena

La promesa de Flávio Bolsonaro de incorporar a Brasil al Escudo de las Américas puede alterar el equilibrio regional y dejar a México cada vez más solo frente a una nueva arquitectura hemisférica de seguridad.

En su columna de esta semana, Alberto Guerrero Baena pone la mirada en Brasil, en el escenario que abre la segunda vuelta presidencial y en las implicaciones que ese resultado podría tener para México. A partir de ahí, plantea su lectura sobre el nuevo tablero regional. Esta es su reflexión.

La noche del 4 de octubre Brasil no celebró primarias, como se ha repetido con ligereza: celebró la primera vuelta presidencial.

Flávio Bolsonaro obtuvo 47.03 por ciento de los votos válidos y Lula 45.16, según el Tribunal Superior Electoral; unos 2.2 millones de sufragios los separan. El 25 de octubre se decide. Nada está escrito, pero México haría mal en mirar ese calendario como espectador.

Flávio prometió que, si gana, Brasil ingresará al Escudo de las Américas. No es adivinanza: es programa, y con padrino, pues lo anunció tras reunirse con Trump en la Casa Blanca.

Lo que ya existe

El Escudo nació el 7 de marzo en Doral, Florida, como coalición anticárteles con mando político en Washington. Reportes de septiembre cuentan diecisiete miembros y dos observadores; Colombia entró apenas cambió su gobierno. México no fue invitado, y Sheinbaum respondió que no necesitaba invitación.

Frase elegante; estrategia, ninguna.

Con Brasil adentro, el club sumaría la mayor economía sudamericana, un litoral atlántico gigantesco y frontera con diez países. Dejaría de ser una peña de gobiernos afines para convertirse en arquitectura hemisférica.

Y México quedaría fuera del único foro donde Washington está dibujando las reglas del juego.

La soledad no se administra con discursos

La respuesta mexicana no puede ser la nostalgia de la Patria Grande ni la épica soberanista recitada en la mañanera. La soledad ideológica es soportable; la soledad operativa, no.

Los países dentro del Escudo intercambian inteligencia, coordinan operativos y se piden apoyo. Quien está afuera recibe los resultados, no participa en los criterios.

México debe dejar de preguntarse si le gusta el club y empezar a calcular cuánto cuesta no estar en la mesa.

Propongo tres movimientos: una interlocución formal con el Escudo, con condiciones explícitas e innegociables de no subordinación militar; un canal propio con Brasilia, gane quien gane, porque Brasil seguirá siendo vecino comercial y político; y una diplomacia que hable con Colombia, Chile y Argentina sin cobrarles el color de sus gobiernos.

La ideología se invoca; los intereses se negocian.

Lo que cambia en seguridad hemisférica

Si Brasil cruza el umbral, el flanco sur de la coalición deja de ser periférico.

Hoy el Escudo se mueve entre el Caribe, los Andes y Centroamérica; con Brasilia entraría el corazón logístico de la cocaína sudamericana rumbo a Europa y África, y la disputa con el Primer Comando de la Capital y el Comando Vermelho, que el propio Flávio puso en el centro de su discurso.

Washington ganaría profundidad estratégica y una narrativa: toda la región contra el crimen, con una sola excepción incómoda. Esa excepción sería México.

Cuando el tablero se completa, el que falta se vuelve el problema. Trump ya afirmó que el epicentro de la violencia de los cárteles es México.

Con más socios repitiéndolo, la frase deja de ser exabrupto y se vuelve consenso diplomático. Y los consensos así terminan en listas, certificaciones, sanciones y, en el peor escenario, presión por operar en territorio mexicano, algo que Sheinbaum ha dicho que no aceptará.

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Nota editorial: Este texto corresponde a una columna de opinión. Las valoraciones, argumentos y conclusiones expresadas pertenecen exclusivamente a su autor, Alberto Guerrero Baena, y no representan necesariamente la línea editorial de Radio Zurquí.
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Los “aliados” que no suman y estorban.

Cuba y Nicaragua no son aliados; son pasivos.

Regímenes sin legitimidad democrática, aislados y económicamente exhaustos, cuya cercanía no le da a México un voto, un dólar ni una garantía de seguridad.

Cada fotografía con ellos le sirve a Washington como prueba de cargo. México debe guardar la distancia que una democracia guarda de quienes clausuraron la suya, sin romper los canales humanitarios y consulares que atiendan intereses mexicanos concretos.

Ante el relato de México como eje del mal, la respuesta no es el agravio: son los datos.

Decomisos, extradiciones, detenciones, reducción verificable de homicidios y, sobre todo, la parte que nadie quiere ver: la corrupción local que alimenta al crimen y que ningún Escudo resolverá.

El mejor desmentido es un Estado que funciona.

¿Está preparado el Gobierno de México para este viraje hemisférico?

No. No lo está, porque confunde cooperación con subordinación y soberanía con aislamiento, dos errores simétricos.

Porque la política exterior mexicana, otrora profesional, hoy se improvisa al ritmo de los comunicados. Porque presume un acuerdo de seguridad bilateral cuyo contenido pocos conocen y cuyas garantías nadie ha mostrado.

Y porque su mayor activo, la interdependencia con Estados Unidos, es también su mayor vulnerabilidad.

Un gobierno preparado ya tendría un mapa de escenarios para el 25 de octubre, un equipo hablando con ambos campos brasileños y una postura pública que no dependa del humor matutino.

Tampoco hay estrategia de contención interna.

Si el relato exterior se endurece, el Estado mexicano deberá blindar lo que depende de él: elecciones limpias en 2027, fiscalías autónomas, control civil sobre las fuerzas armadas y transparencia en los acuerdos con Washington.

Cada flanco débil será citado por quienes quieren probar que México es un Estado incapaz. Ese es el verdadero examen, y no se aprueba con conferencias de prensa, sino con resultados que un auditor extranjero no pueda desmentir.

Lo que sigue

Ni plegarse ni encerrarse. México necesita una doctrina de seguridad hemisférica propia, sostenida en instituciones civiles capaces, fiscalías que investiguen, policías profesionalizadas y rendición de cuentas.

Esa doctrina exige reglas públicas sobre inteligencia compartida, extradiciones y presencia militar extranjera, debatidas en el Congreso y no pactadas a puerta cerrada, además de cooperación técnica con todos los vecinos, Brasil incluido.

Con ese capital podrá sentarse en cualquier mesa sin pedir permiso ni rendir pleitesía. Sin él, la soledad no será ideológica: será la de un país al que todos señalan y nadie acompaña.

El 25 de octubre dirá quién gana en Brasil y cuánto tiempo perdimos mirando hacia atrás. La pregunta mexicana es otra: cuando se cuente este año, ¿se dirá que supimos leer el mapa o que seguíamos recitando himnos mientras otros lo dibujaban?

Si México no aprende a leer el mapa, otros terminarán dibujándolo por él.
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El Zócalo tiene bronce, pero le faltan archivos

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En El Zócalo tiene bronce, pero le faltan archivos, Guerrero Baena reflexiona sobre memoria, símbolos e historia oficial, y plantea preguntas sobre la manera en que el poder selecciona aquello que una nación recuerda y aquello que termina relegando.

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Erick Sojo Marín, “Este Paisano”, es fundador y director de Radio Zurqui. Periodista digital y comunicador político con amplia experiencia en análisis nacional e internacional. Defensor del periodismo independiente, la libertad de expresión y la institucionalidad democrática.
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