El hallazgo en Bolivia de equipos que la Fiscalía describió como una “mini granja de bots” vuelve a poner bajo la lupa a Fernando Cerimedo, consultor que trabajó alrededor de campañas de Javier Milei, Jair Bolsonaro, Rodrigo Paz y Nasry Asfura. Pero la historia va mucho más allá de un hombre: muestra una industria política capaz de fabricar relevancia, tendencias y aparentes mayorías en las redes sociales.
La investigación judicial que terminó con Fernando Cerimedo en una cárcel boliviana abrió accidentalmente una puerta hacia otra historia.
No es una historia sobre balas. Tampoco comienza con la grave acusación penal que enfrenta el consultor argentino por la tentativa de feminicidio contra Nadia Beller.
Comienza con teléfonos, cuentas digitales, algoritmos y una pregunta que afecta directamente a las democracias latinoamericanas:
¿Cuánto de lo que creemos espontáneo en las redes sociales es realmente espontáneo?
Durante allanamientos realizados el 20 de agosto en La Paz, dentro de una investigación separada por presunto enriquecimiento ilícito, la Fiscalía boliviana informó haber encontrado más de medio millón de bolivianos en efectivo, moneda extranjera, documentación y una estructura tecnológica que el fiscal departamental Carlos Torrez describió públicamente como una “mini granja de bots” vinculada con Fernando Cerimedo.
No fue una expresión utilizada por periodistas ni una interpretación posterior del hallazgo. Fue la propia Fiscalía la que habló de una granja de bots.
Y el dato adquiere una dimensión mucho mayor cuando se observa quién es Fernando Cerimedo y qué había reconocido públicamente años antes.
Cerimedo no era un consultor ajeno al funcionamiento de estas estructuras. Había hablado abiertamente de granjas de trolls, bots y decenas de miles de cuentas creadas artificialmente, utilizadas para generar contenido, aumentar la relevancia de determinadas publicaciones e influir en las conversaciones que se producen en las redes sociales.
En 2023 llegó incluso a explicar públicamente la lógica de estas operaciones: conseguir suficientes interacciones artificiales para que los algoritmos interpretaran determinado contenido como relevante y comenzaran a mostrarlo a una cantidad mucho mayor de personas reales.
Por eso el hallazgo realizado en Bolivia no aparece como un episodio aislado.
La Fiscalía asegura haber encontrado una granja de bots en inmuebles vinculados a un operador político que ya había explicado públicamente cómo funcionaban estructuras de este tipo y cómo podían utilizarse para influir en la conversación digital.
La investigación deberá determinar ahora el alcance real de esa infraestructura: qué cuentas controlaba, qué contenidos amplificaba, sobre qué plataformas operaba, desde cuándo funcionaba y si estuvo vinculada con alguna de las campañas políticas en las que Cerimedo participó en América Latina.
Porque Fernando Cerimedo ya había hablado públicamente de granjas de trolls y cuentas creadas artificialmente mucho antes de que la Policía boliviana entrara en esos inmuebles.
Cerimedo ya había explicado cómo funcionaba
En mayo de 2023, cuando Cerimedo trabajaba alrededor de la candidatura presidencial de Javier Milei, habló abiertamente con medios argentinos sobre su infraestructura digital.
A La Nación le confirmó que manejaba granjas con miles de trolls, bots y otras herramientas digitales. Incluso explicó cuál era uno de sus objetivos: crear artificialmente suficiente interacción alrededor de determinado contenido para que los algoritmos interpretaran que ese material era relevante y lo mostraran a una cantidad mayor de usuarios.
Lo expresó con una frase extraordinariamente reveladora: “mentirle al algoritmo”.
Cerimedo sostuvo entonces que las cuentas que controlaba no se empleaban para hostigar personas y diferenció esas prácticas de las denominadas campañas sucias. Según su versión, su infraestructura buscaba amplificar contenidos, mejorar posicionamiento y construir relevancia digital.
En otra entrevista publicada ese mismo mes se habló de aproximadamente 50.000 cuentas creadas artificialmente para generar contenido e influir en conversaciones digitales.
Esa explicación es fundamental para entender el problema.
Una granja digital no necesita necesariamente convencer a miles de personas mediante miles de argumentos distintos.
Puede intentar algo mucho más sencillo:
hacer que una idea parezca más importante de lo que realmente es.
Si una publicación recibe cientos de interacciones durante sus primeros minutos, un algoritmo puede interpretarla como contenido relevante.
Si una palabra comienza a repetirse cientos o miles de veces, puede convertirse en tendencia.
Si decenas de perfiles atacan simultáneamente a una persona, un usuario real puede interpretar que existe un enorme rechazo social contra ella.
Y si centenares de cuentas elogian a un candidato, puede generarse la percepción de que existe detrás de él una gigantesca corriente popular.
La clave no siempre consiste en engañar directamente al ciudadano.
A veces consiste primero en engañar a la máquina que decide qué verá el ciudadano.
De una falsa tendencia a una falsa mayoría
El fenómeno tiene implicaciones políticas profundas. Durante décadas, fabricar la apariencia de que determinada idea dominaba la conversación pública requería periódicos, estaciones de radio, canales de televisión, vallas, mítines y enormes cantidades de dinero. Las redes sociales cambiaron radicalmente esa ecuación: hoy una estructura relativamente pequeña puede intentar reproducir digitalmente el comportamiento de una multitud y proyectar ante millones de personas la sensación de que detrás de una opinión existe un respaldo social mucho mayor del que realmente tiene.
El mecanismo puede comenzar con una sola publicación. Decenas de cuentas responden, cientos la comparten, otras atacan a quienes contradicen el mensaje y algunas producen memes o contenidos derivados. Esa actividad genera señales que los algoritmos interpretan como interés real. La publicación empieza entonces a mostrarse a más personas, influencers auténticos recogen el tema y los medios tradicionales observan que algo se está convirtiendo en tendencia y comienzan también a informarlo. Lo que pudo haber nacido como una operación coordinada dentro de una pequeña infraestructura digital termina entrando en la conversación pública como si hubiese surgido espontáneamente de la sociedad.
Y ahí ocurre el salto más peligroso: la manipulación deja de necesitar bots porque comienzan a multiplicarla personas reales. Ciudadanos auténticos comentan, comparten, se indignan, discuten y reproducen una conversación cuyo impulso inicial quizá nunca conocieron. Las cuentas artificiales no necesitan reemplazar a la sociedad; les basta con darle el primer empujón y conseguir que el algoritmo haga el resto.
De esa manera puede construirse algo políticamente poderosísimo: la apariencia de una mayoría. Una candidatura puede parecer imparable, una idea minoritaria puede aparentar consenso, un adversario puede parecer universalmente repudiado y una narrativa fabricada puede terminar instalada como tema nacional.
Ese es uno de los grandes peligros de la manipulación digital contemporánea: no necesita convencer directamente a millones de personas desde el principio; le basta con fabricar las condiciones para que millones terminen participando en una conversación que otros ayudaron a colocar frente a sus ojos.
Javier Milei y el laboratorio argentino
La relación de Fernando Cerimedo con Javier Milei está ampliamente documentada.
Durante la campaña presidencial argentina de 2023 fue una figura relevante del aparato digital libertario y participó también en la organización tecnológica y electoral de La Libertad Avanza. Reuters lo identifica como estratega digital de Milei, mientras investigaciones argentinas de aquella época documentaron las estructuras de trolls y bots utilizadas alrededor de la candidatura.
Cerimedo no escondía completamente la técnica.
Por el contrario, defendía la creación de relevancia artificial como una herramienta del marketing político contemporáneo.
El mecanismo planteaba una transformación importante:
la campaña ya no necesitaba limitarse a convencer votantes mediante mensajes.
También podía intentar alterar el entorno dentro del cual esos votantes recibían los mensajes.
Es la diferencia entre colocar un anuncio político y modificar artificialmente la conversación que rodea al ciudadano.
Brasil: Bolsonaro y la batalla contra las urnas
Pero Argentina no fue el comienzo.
Cerimedo también trabajó alrededor del bolsonarismo brasileño y mantuvo vínculos estrechos con Eduardo Bolsonaro.
Después de la derrota electoral de Jair Bolsonaro frente a Luiz Inácio Lula da Silva en 2022, el nombre del argentino apareció dentro de investigaciones de la Policía Federal brasileña sobre la difusión de argumentos que cuestionaban la integridad del sistema electoral.
Cerimedo rechazó las acusaciones y sostuvo que se trataba de persecución política.
Una investigación periodística latinoamericana publicada por Chequeado, CLIP, Agência Pública y otros medios reconstruyó además el conglomerado empresarial y comunicacional que Cerimedo desarrolló alrededor de consultoría, medios, publicidad y marketing político.
El patrón empezaba a cruzar fronteras.
No era únicamente una campaña.
Era conocimiento político exportable.
Bolivia: de la campaña al poder
En 2025 apareció otro escenario: Bolivia.
Durante la segunda vuelta presidencial, Fernando Cerimedo trabajó alrededor de la campaña de Rodrigo Paz, quien terminó ganando la Presidencia. Reuters lo describió posteriormente como asesor de Paz y AP como un cercano estratega digital, aunque el Gobierno boliviano ha intentado delimitar el alcance formal de esa relación.
Precisamente en Bolivia ocurriría, meses después, el episodio que volvería a poner bajo observación internacional la infraestructura digital del argentino.
Cerimedo fue detenido el 18 de agosto de 2026 luego del ataque armado sufrido por Nadia Beller, quien recibió tres disparos y sobrevivió.
Un juez ordenó posteriormente 180 días de detención preventiva en el penal de Palmasola mientras continúa la investigación por tentativa de feminicidio. La medida no constituye una condena y Cerimedo mantiene su derecho a la presunción de inocencia.
Pero mientras avanzaba ese expediente, otra investigación derivó en los allanamientos de La Paz.
Y allí apareció nuevamente aquella expresión que Cerimedo conocía demasiado bien: granja de bots.
Solo que esta vez no salió de una entrevista suya. La pronunció la Fiscalía.
Honduras: Cerimedo cruza nuevamente la frontera
La siguiente parada ayuda a comprender por qué esto debe analizarse como un fenómeno latinoamericano y no exclusivamente argentino o boliviano.
Después de trabajar en Bolivia, Fernando Cerimedo apareció en Honduras asesorando la campaña presidencial de Nasry “Tito” Asfura, candidato del conservador Partido Nacional y actual presidente hondureño.
Y aquí existe una conexión documentada particularmente importante.
El 26 de noviembre de 2025, cuatro días antes de las elecciones hondureñas, Donald Trump intervino públicamente en el proceso electoral y pidió votar por Asfura.
Cerimedo confirmó posteriormente al medio hondureño Contra Corriente que había participado en la estrategia que consiguió ese respaldo.
También explicó que su contacto para alcanzar el entorno de Trump había sido el veterano consultor estadounidense Dick Morris.
Meses después, Cerimedo volvió a hablar del episodio al responder cuestionamientos relacionados con las filtraciones conocidas como Hondurasgate. En esa declaración aseguró que Milei prácticamente desconocía la política hondureña hasta que desde la campaña le solicitaron apoyo para Asfura.
Esto coloca sobre la mesa una dimensión adicional.
La operación política digital contemporánea ya no se limita necesariamente a posicionar hashtags.
Puede conectar campañas nacionales con medios ideológicos, consultores extranjeros, grupos de presión, figuras internacionales, influencers y redes de comunicación capaces de atravesar fronteras.
Una industria latinoamericana de influencia
Aquí Fernando Cerimedo deja de ser el verdadero protagonista. El fenómeno es mucho más grande: bots, trolls, inteligencia artificial, bases de datos, microsegmentación, medios alineados, campañas negativas, influencers, grupos de WhatsApp y Telegram y sistemas capaces de manejar grandes cantidades de cuentas pueden combinarse dentro de una misma estrategia política.
No todas esas herramientas son ilegales ni toda automatización constituye manipulación. Pero cuando se utilizan identidades artificiales para simular apoyo ciudadano, fabricar tendencias o hacer pasar una operación coordinada como una reacción espontánea de la sociedad, la frontera cambia. La tecnología permite fabricar algo que antes era mucho más difícil de falsificar: la apariencia de consenso social.
Primero se fabrica la percepción
Hay una idea que debe quedar clara.
Para interferir políticamente en una democracia no es indispensable alterar un solo voto dentro de una urna.
La intervención puede ocurrir mucho antes.
Puede intentar decidir qué temas conoce el elector.
Qué escándalos observa.
Qué candidato considera viable.
Quién parece representar a la mayoría.
Qué adversario considera peligroso.
Qué periodista considera desprestigiado.
Qué institución comienza a generarle desconfianza.
Qué palabra utiliza para describir determinado fenómeno.
Y finalmente qué decisión considera lógica cuando llega al centro de votación.
El voto puede seguir siendo absolutamente secreto.
La construcción del mundo mental dentro del cual ese voto se produce puede haber recibido miles de estímulos diseñados previamente.
Ese es el verdadero poder de la manipulación de masas contemporánea.
¿Y qué tiene que ver Team Jorge?
Mucho como fenómeno.
Nada demostrado como relación directa con Cerimedo.
Y esa diferencia importa.
Radio Zurqui no ha encontrado evidencia que permita afirmar que Fernando Cerimedo haya pertenecido, trabajado o coordinado operaciones con Team Jorge, la organización de consultores israelíes expuesta por una investigación periodística internacional en 2023.
No debemos inventar una conexión que no está demostrada.
Pero Team Jorge permite comprender la existencia de un mercado internacional mucho mayor.
La investigación mostró cómo operadores privados ofrecían servicios relacionados con campañas de influencia, perfiles falsos, manipulación de redes y otras herramientas destinadas a intervenir en procesos políticos.
El caso Cerimedo y el caso Team Jorge son distintos.
Lo que los une es la pregunta sobre una industria:
¿Cuántas empresas, consultores y organizaciones venden actualmente la capacidad de alterar artificialmente conversaciones políticas?
La máquina importa más que el operador
El allanamiento boliviano todavía debe producir respuestas.
Los investigadores tendrán que establecer qué contienen los dispositivos secuestrados, cuántas cuentas podían manejar, si estaban activos, qué plataformas utilizaban y, especialmente, para qué fueron utilizados.
No corresponde adelantarse a esos peritajes.
Pero tampoco puede ignorarse el contexto.
Años antes del allanamiento, Fernando Cerimedo reconocía públicamente la existencia de decenas de miles de cuentas artificiales y explicaba cómo podían utilizarse para construir relevancia digital.
Después apareció en campañas de distintos países.
Brasil.
Argentina.
Bolivia.
Honduras.
Chile también forma parte de su trayectoria: investigaciones periodísticas han documentado su participación en campañas vinculadas a los procesos constitucionales de ese país.
No estamos necesariamente ante una conspiración centralizada.
Probablemente estamos frente a algo más complejo:
un mercado.
Consultores que llevan métodos de un país a otro.
Plataformas políticas que comparten narrativas.
Medios ideológicos que atraviesan fronteras.
Empresas que venden posicionamiento.
Influencers que transforman operaciones digitales en conversaciones aparentemente orgánicas.
Y candidatos dispuestos a utilizar las nuevas herramientas disponibles para ganar la batalla por la percepción.
La democracia también se disputa en el algoritmo
Durante mucho tiempo imaginamos la defensa de la democracia alrededor de las urnas.
Padrones confiables.
Fiscales electorales.
Boletas seguras.
Conteos transparentes.
Observadores internacionales.
Todo eso continúa siendo indispensable.
Pero mientras protegíamos cuidadosamente el momento final del proceso electoral apareció otro campo de batalla.
Uno que cabe dentro de un teléfono.
El ciudadano abre Facebook, X, TikTok, Instagram o YouTube convencido de observar lo que está ocurriendo en la sociedad.
Pero lo que aparece frente a sus ojos ya pasó primero por algoritmos.
Y esos algoritmos reaccionan ante señales.
Comentarios.
Reproducciones.
Compartidos.
Tendencias.
Interacciones.
Precisamente las señales que una infraestructura automatizada puede intentar fabricar.
Por eso las granjas de bots importan.
No porque puedan votar.
Sino porque pueden intentar convencer al votante de que una minoría es mayoría, que una mentira es tendencia, que un adversario está solo o que determinada idea domina inevitablemente el futuro.
El caso de Fernando Cerimedo puede terminar resolviéndose en varios tribunales y con investigaciones completamente distintas.
Pero hay una pregunta que no necesita esperar sentencia:
¿Están nuestras democracias preparadas para reconocer cuándo la conversación pública está siendo fabricada?
Porque las urnas cuentan seres humanos.
Los algoritmos, en cambio, cuentan interacciones.
Y no siempre saben distinguir entre unos y otros.