Las granjas de bots mezclan cuentas falsas, automatización, inteligencia artificial y operadores humanos para fabricar respaldo político, atacar medios y distorsionar la conversación pública.
Las granjas de bots ya forman parte de la disputa política mundial. Una sola estructura puede convertir una orden en cientos de comentarios, aparentar respaldo ciudadano, provocar rechazo contra un medio o una figura pública e intentar condicionar el ambiente previo a una elección.
Una publicación aparece en Facebook. Minutos después llegan decenas de perfiles para defender al mismo político, desacreditar al medio que difundió la información y repetir argumentos casi idénticos. Algunas cuentas insultan; otras se burlan; varias responden a quienes apoyan la publicación y unas cuantas aparentan discutir entre ellas.
Desde afuera parece una reacción espontánea. Sin embargo, detrás de esa multitud podría existir una coordinación que distribuyó el enlace, definió la narrativa y asignó tareas distintas entre programas automatizados, cuentas falsas y personas reales.
En su forma más simple, las granjas de bots convierten una instrucción central en actividad distribuida entre muchas cuentas.
Las granjas de bots no son una teoría nacida en redes sociales. Autoridades judiciales, organismos internacionales, investigadores y las propias plataformas han documentado operaciones destinadas a manipular el debate público, difundir propaganda y ocultar quién dirige realmente una campaña.
¿Qué son las granjas de bots?
Un bot es un programa capaz de ejecutar automáticamente acciones repetitivas en internet. Puede publicar mensajes, seguir perfiles, compartir contenido, reaccionar o responder comentarios sin que una persona tenga que realizar manualmente cada movimiento.
Pero las granjas de bots modernas no siempre están formadas únicamente por software. También pueden utilizar teléfonos físicos, placas electrónicas de celulares, tarjetas SIM, cuentas compradas o robadas, inteligencia artificial y operadores humanos capaces de intervenir cuando la conversación exige una respuesta más elaborada.
Meta utiliza el concepto de comportamiento inauténtico coordinado para referirse a esfuerzos organizados que buscan manipular el debate público con un objetivo estratégico y en los que las cuentas falsas son centrales. La empresa ha informado sobre redes vinculadas con gobiernos, grupos políticos, compañías privadas y actores cuyo origen no pudo atribuirse públicamente.
Por eso, imaginar las granjas de bots únicamente como una pared cubierta de teléfonos es quedarse con la imagen más llamativa. Algunas operaciones pueden funcionar desde servidores, centros de llamadas, agencias de comunicación o grupos privados de mensajería donde se reparten enlaces y consignas.
Así dirigen las granjas de bots hacia una página específica
Para lanzar una operación contra un medio o favorecer a un político no hace falta que cientos de dispositivos busquen por separado el nombre de la página.
El coordinador puede pegar el enlace exacto de una publicación en un panel de control o distribuirlo en un grupo cerrado junto con instrucciones precisas.
La misión puede ser elogiar, atacar, sembrar dudas, ridiculizar, desviar el tema, responder a determinados usuarios o denunciar masivamente el contenido. Después, las granjas de bots reparten el trabajo: unas cuentas reaccionan, otras comentan, algunas responden a quienes contradicen la narrativa y otras comparten la publicación acompañada por mensajes favorables o negativos.
Las operaciones más rudimentarias repiten exactamente la misma frase. Las más sofisticadas cambian palabras, longitud, emojis, errores ortográficos y horario de publicación para que los mensajes parezcan escritos por personas distintas.
La inteligencia artificial amplía esa capacidad. Puede producir numerosas versiones de una misma consigna, adaptar respuestas al comentario de otro usuario y crear identidades ficticias que aparenten pertenecer a ciudadanos comunes.
Una orden convertida en una multitud digital
El poder de las granjas de bots no reside únicamente en publicar mucho. Su verdadera fuerza está en fabricar una percepción colectiva.
Quien llega a una publicación y encuentra cientos de elogios puede interpretar que existe un respaldo ciudadano abrumador.
Quien observa una avalancha de insultos contra un periodista puede concluir que ese medio perdió credibilidad o que defenderlo también lo convertirá en blanco de ataques.
La manipulación intenta modificar no solo lo que una persona piensa, sino también lo que cree que los demás están pensando. Esa falsa sensación de mayoría puede desalentar la crítica, reforzar a los seguidores de una figura y empujar a usuarios reales a repetir una narrativa que inicialmente fue amplificada de manera artificial.
En ese momento, las granjas de bots ya no necesitan hacer todo el trabajo. La campaña puede ser continuada por simpatizantes reales que vieron la consigna, la asumieron como propia y comenzaron a difundirla sin saber que su alcance inicial había sido fabricado.
Granjas de bots: una industria sin bandera ideológica
La manipulación digital no divide al mundo entre países que fabrican propaganda y países que la combaten. Las investigaciones muestran una realidad más incómoda: potencias rivales, democracias, gobiernos autoritarios, fuerzas militares, partidos y empresas privadas utilizan herramientas semejantes cuando buscan controlar la conversación pública.
Reducir estas operaciones a una disputa entre izquierda y derecha, entre democracias y gobiernos autoritarios o entre potencias rivales oculta su verdadera naturaleza. Las granjas de bots son herramientas de poder utilizadas por gobiernos, fuerzas militares, partidos, movimientos políticos, empresas privadas y contratistas de distintas procedencias para fabricar respaldo, atacar adversarios y manipular la percepción pública.
Una investigación de Stanford Internet Observatory y Graphika analizó durante 2022 una red de cuentas eliminadas por Twitter y Meta que promovía narrativas favorables a Estados Unidos y sus aliados en Medio Oriente y Asia Central. Twitter situó el origen presunto de las cuentas en Estados Unidos y Reino Unido, mientras Meta señaló a Estados Unidos. Los investigadores encontraron publicaciones que enlazaban medios financiados por el Gobierno estadounidense y sitios patrocinados por sus fuerzas armadas, aunque advirtieron que no podían atribuir toda la operación a una entidad concreta.
El caso demuestra que las mismas tácticas atribuidas frecuentemente a adversarios de Occidente —personas ficticias, supuestos medios independientes, imágenes generadas artificialmente, campañas de etiquetas y publicaciones coordinadas— también han sido utilizadas para impulsar intereses occidentales.
Estados Unidos y la ultraderecha también aparecen en los registros
En 2020, Meta eliminó 202 cuentas de Facebook, 54 páginas y 76 perfiles de Instagram vinculados con la firma estadounidense Rally Forge, que trabajaba para Turning Point USA, organización asociada con la derecha trumpista. La plataforma concluyó que la red utilizaba identidades engañosas para intervenir en conversaciones políticas y aparentar una participación más amplia de la que realmente existía.
Durante la campaña estadounidense de 2024, un análisis citado por Reuters identificó miles de perfiles falsos que elogiaban a Donald Trump y atacaban a Joe Biden. Los investigadores encontraron indicios de coordinación en las cuentas favorables a Trump, aunque no lograron identificar públicamente quién dirigía la operación. También detectaron perfiles falsos favorables a Biden, pero sin las mismas señales de coordinación.
Esto obliga a evitar una explicación cómoda: las granjas de bots no son una desviación exclusiva de los enemigos de Washington. También aparecen dentro de Estados Unidos y al servicio de actores políticos alineados con su propia derecha.
Israel y la exportación privada de la manipulación
El caso conocido como Team Jorge mostró hasta qué punto esta actividad se convirtió en una industria internacional.
Una investigación coordinada por Forbidden Stories y publicada por The Guardian reveló la existencia de un grupo de contratistas israelíes encabezado por Tal Hanan. El grupo ofrecía servicios de sabotaje, hackeo y desinformación automatizada a campañas políticas, agencias de inteligencia y empresas privadas. Hanan afirmó ante periodistas encubiertos haber intervenido en 33 campañas presidenciales, aunque no todas sus declaraciones pudieron verificarse y él negó haber cometido irregularidades.
Su sistema, denominado AIMS, permitía controlar miles de identidades falsas en Facebook, Instagram, X, Telegram, YouTube, Gmail y otras plataformas. La operación no solo publicaba mensajes: también buscaba introducir contenidos en medios legítimos para amplificarlos posteriormente mediante cuentas automatizadas.
En 2024, Meta retiró otra red de centenares de cuentas falsas atribuida a la empresa israelí STOIC. Los perfiles se hacían pasar por ciudadanos estadounidenses y canadienses y difundían mensajes favorables a Israel relacionados con la guerra en Gaza. Reportes posteriores atribuyeron el financiamiento de la campaña al Ministerio israelí de Asuntos de la Diáspora, que negó haber participado.
El negocio funciona para quien pague
Los operadores de estas redes no necesitan compartir la ideología del cliente. Pueden trabajar para un gobierno, una campaña conservadora, una candidatura progresista, una empresa, una potencia extranjera o un grupo interesado en destruir la reputación de un adversario.
Por eso, las granjas de bots deben analizarse como una herramienta de poder y como una industria privada, no como una práctica perteneciente a una sola corriente política.
El problema no es únicamente quién fabrica la mentira. El problema es que cada vez más actores cuentan con dinero, tecnología y estructuras capaces de convertir una orden privada en una falsa voz colectiva.
Fabricar apoyo y fabricar odio es el mismo negocio
Las herramientas empleadas para atacar a un medio son prácticamente las mismas que se utilizan para construir artificialmente la popularidad de una figura política.
Una operación favorable llena publicaciones de elogios, repite supuestos logros, responde a las críticas y proyecta la imagen de un respaldo masivo.
Una campaña negativa desacredita periodistas, ridiculiza opositores, cuestiona fuentes y presenta cualquier denuncia como parte de una conspiración.
En ambos sentidos, las granjas de bots intentan ocupar la conversación antes de que los usuarios auténticos puedan desarrollarla.
El objetivo puede no ser convencer a todo el mundo, sino fijar el tono, imponer palabras, convertir una acusación en tendencia o hacer que una crítica parezca socialmente inaceptable.
Esa estrategia funciona mejor cuando se combina con publicidad segmentada, páginas que aparentan ser medios independientes, videos recortados, titulares emocionales y grupos de mensajería que movilizan a militantes reales.
No todo son robots
Muchas operaciones descritas popularmente como granjas de bots son estructuras híbridas.
En ellas conviven programas automatizados, personas pagadas para administrar múltiples perfiles, simpatizantes organizados en chats privados y usuarios auténticos que terminan amplificando el mensaje.
Un bot puede publicar la primera consigna. Después, un operador humano responde cuando alguien presenta datos. Más tarde, seguidores reales repiten el argumento y convierten una operación artificial en una discusión genuina, aunque nacida de una coordinación oculta… Esto dificulta identificar el fenómeno.
Una cuenta puede pertenecer a una persona real y formar parte de una brigada organizada. Un perfil antiguo con fotografías y amistades también puede haber sido comprado, robado o reutilizado.
Por eso, llamar “bot” a cualquiera que piense distinto es irresponsable. Una opinión agresiva, repetitiva o favorable a un político no constituye por sí sola una prueba.
Cómo reconocer posibles granjas de bots
Ninguna señal aislada demuestra la existencia de una operación. Lo relevante es la repetición del patrón entre varias cuentas y en diferentes publicaciones.
Debe llamar la atención la aparición repentina de decenas de comentarios en pocos minutos; el uso de frases, errores o argumentos casi idénticos; los perfiles dedicados exclusivamente a defender o atacar a la misma persona; las cuentas que siempre aparecen juntas; y las respuestas genéricas que no guardan relación con el contenido publicado.
También resulta sospechosa la actividad permanente a cualquier hora, la creación reciente de numerosos perfiles con características similares y la llegada coordinada de denuncias, burlas o acusaciones contra una misma página.
Las plataformas suelen observar mucho más que el contenido de un comentario. Analizan vínculos entre cuentas, administradores, dispositivos, horarios y patrones de comportamiento.
Meta ha explicado que, al investigar estas redes, se concentra en la conducta coordinada y no únicamente en la opinión que expresan.
Los teléfonos, las tarjetas SIM y la infraestructura física
Las imágenes virales de paredes llenas de celulares muestran una modalidad posible, pero no la única.
Los dispositivos físicos pueden facilitar el manejo de numerosas cuentas y hacer que cada una parezca vinculada con un teléfono distinto.
También existen las llamadas granjas de tarjetas SIM. Europol advirtió en 2026 que estas infraestructuras pueden distribuir miles de mensajes, llamadas y publicaciones en redes sociales, además de ayudar a localizar cuentas en el país que se desea atacar y ocultar la ubicación real de los operadores.
No obstante, ver muchos teléfonos conectados no demuestra por sí solo que estemos frente a granjas de bots políticas. Empresas y desarrolladores también utilizan conjuntos de dispositivos reales para probar aplicaciones.
La función de una instalación solo puede establecerse con información sobre quién la opera y qué acciones realiza.
Cuando el blanco es un medio de comunicación
Para un medio, una operación coordinada puede buscar desacreditar su trabajo, intimidar lectores, desviar la conversación o provocar respuestas impulsivas que luego sean utilizadas en su contra.
Las granjas de bots también pueden intentar hacer creer que existe un rechazo generalizado hacia una publicación, aunque buena parte de la actividad provenga de perfiles vinculados entre sí.
Esa apariencia de hostilidad puede reducir la participación de lectores auténticos y convertir la sección de comentarios en un espacio dominado por el miedo o el insulto.
Sin embargo, una avalancha de críticas no prueba automáticamente que exista una granja. Para sostener una acusación responsable se deben documentar perfiles, enlaces, horas, mensajes repetidos, publicaciones atacadas y coincidencias entre las cuentas.
Los medios pueden proteger sus espacios sin eliminar la crítica legítima: moderar insultos, conservar capturas, reportar perfiles falsos y analizar patrones.
Bloquear toda opinión contraria sería tan dañino para el debate democrático como permitir que una brigada organizada lo secuestre.
Las granjas de bots y la batalla por aparentar mayoría
Las redes sociales nos acostumbraron a medir la relevancia mediante cantidades: seguidores, comentarios, reproducciones y reacciones. Esa lógica facilita que la manipulación parezca popularidad.
Cien comentarios no necesariamente representan cien voluntades independientes. Mil seguidores pueden haber sido comprados. Una tendencia puede comenzar con amplificación artificial y luego atraer a personas verdaderas.
Las granjas de bots explotan precisamente esa confusión.
No necesitan convencer a toda una sociedad. Les basta con contaminar la conversación, premiar el fanatismo, castigar la crítica y hacer que una operación organizada parezca la voz espontánea de un país.
Las elecciones continúan decidiéndose con votos. Pero antes de que una persona llegue a las urnas existe una batalla por su atención, su confianza, su miedo y su percepción de quién representa a la mayoría.
