Combatir el autoritarismo no puede significar cambiar un caudillo por otro. Si durante años hemos cuestionado la concentración de poder alrededor de Rodrigo Chaves, sería incoherente guardar silencio cuando señales similares aparecen dentro de los partidos de oposición.
La democracia exige la misma vara para todos. No importa si el caudillo está en Zapote o dentro de un partido de oposición: el autoritarismo no se vuelve aceptable porque venga de alguien con quien simpatizamos. Y precisamente por eso quiero hablar en primera persona, sin rodeos y sin esconderme detrás de frases diplomáticas: yo no voy a denunciar durante años una forma de hacer política para después callarme cuando empiece a verla del lado que algunos consideran “el nuestro”.
Un caudillo no deja de ser autoritario porque esté de nuestro lado
Hay quienes denuncian, con razón, la concentración de poder alrededor del chavismo, pero parecen dispuestos a guardar silencio cuando prácticas parecidas aparecen dentro de sus propias filas.
Ahí comienza el problema.
Porque la democracia no consiste en cambiar de caudillo.
No podemos denunciar durante años el autoritarismo de Rodrigo Chaves, reclamar respeto por las instituciones, defender la libertad de pensamiento y exigir pluralismo, para después mirar hacia otro lado cuando alguien intenta imponer su voluntad dentro de un partido político simplemente porque esa persona nos cae mejor o pertenece al bando que consideramos correcto.
Por eso he señalado directamente lo que está ocurriendo alrededor de Álvaro Ramos y de un sector del Partido Liberación Nacional.
No es una indirecta.
Tampoco es una ruptura con mis posiciones anteriores.
Es exactamente lo contrario: es consecuencia.
Durante la campaña electoral publiqué información sobre Álvaro Ramos. También hubo contratación de publicidad política para divulgar material relacionado con su candidatura. Eso nunca lo he escondido. Fue una relación comercial legítima que, como corresponde, debe formar parte de los reportes electorales respectivos.
Pero una contratación publicitaria no compra mi criterio.
Mucho menos compra mi silencio.
Ahora algunas personas parecen sorprendidas porque critico decisiones, actitudes o movimientos provenientes del mismo sector político al que en determinado momento pude reconocerle virtudes.
¿Entonces qué esperaban?
¿Que porque alguna vez coincidí con alguien quedaba obligado a aplaudirlo para siempre?
Ese es precisamente el comportamiento que durante años hemos criticado en el chavismo: convertir cualquier cuestionamiento al líder en una traición.
Una seguidora escribió en mis redes que antes le gustaba mi trabajo, pero que después de estas críticas dejaría de seguirme.
Está en todo su derecho.
Y yo también estoy en el mío de decir que, si para conservar seguidores debo renunciar a señalar aquello que considero incorrecto, prefiero perderlos.
Una página con miles de seguidores pero sin independencia vale mucho menos que una página pequeña donde todavía se pueda decir lo que uno piensa.
Liberación Nacional, además, es muchísimo más grande que Álvaro Ramos.
Álvaro Ramos no es Liberación Nacional.
El PLN tampoco debería pertenecer a una familia, una tendencia, una generación ni una camarilla.
Es un partido con décadas de historia, con sectores internos distintos, con juventudes, dirigentes regionales, militantes históricos y personas que no necesariamente piensan igual.
Precisamente por eso resulta contradictorio combatir el personalismo político afuera mientras se tolera adentro.
Durante años se cuestionó la excesiva influencia de expresidentes, excandidatos y viejas figuras sobre las estructuras partidarias. Hubo incluso generaciones jóvenes que reclamaron abrir espacios y terminar con esas cúpulas.
Sería absurdo sustituir una cúpula por otra.
Y aquí quiero dejar algo todavía más claro.
Yo no me vendo.
Puedo equivocarme. Puedo interpretar mal una situación. Puedo tener simpatías, antipatías o coincidencias políticas. Como cualquier persona.
Pero mis opiniones no están en venta.
En el video que dio origen a esta columna relaté además una experiencia personal que considero importante dejar consignada como lo que es: mi testimonio.
He afirmado públicamente que Álvaro Ramos padre me pidió en una ocasión retirar una publicación que afectaba a una persona vinculada familiarmente con su hijo y que, durante aquella conversación, me preguntó cuánto dinero necesitaba.
Esa es mi versión de lo ocurrido y asumo personalmente la responsabilidad de sostenerla.
Precisamente por experiencias como esa tengo todavía más claro dónde está mi límite.
He pedido ayuda económica públicamente durante mi estancia en México. No lo he escondido jamás.
Pero pedir apoyo voluntario a quienes valoran mi trabajo no significa poner mi opinión a la venta.
Ni cinco mil colones.
Ni cincuenta mil.
Ni quinientos mil.
Ni un millón.
Ni diez millones.
Prefiero comerme un taco en una esquina con la conciencia tranquila que sentarme en el mejor restaurante teniendo que preguntarme qué puedo decir y qué debo callar porque alguien pagó la cuenta.
Esa independencia también exige algo incómodo: criticar a quienes uno considera cercanos.
Porque señalar solamente las faltas del adversario es propaganda.
Periodismo y opinión independiente significan otra cosa.
Significan incomodar.
También a los amigos.
También a quienes uno apoyó.
También a quienes alguna vez defendió.
Y ese principio debería importarle especialmente a quienes aseguran estar defendiendo la democracia costarricense frente al chavismo.
No podemos sacar al autoritarismo del Gobierno para meterlo después en los partidos de oposición.
No podemos denunciar un culto a la personalidad mientras construimos otro.
No podemos llamar fanáticos a quienes justifican absolutamente todo lo que hace Rodrigo Chaves para después actuar exactamente igual cuando la persona cuestionada es alguien de nuestro propio grupo.
Si queremos ser diferentes, tenemos que comportarnos diferente.
La democracia no necesita seguidores obedientes.
Necesita ciudadanos capaces de decirle no incluso a quienes alguna vez apoyaron.
Por eso seguiré señalando al chavismo cuando corresponda.
Y señalaré también a Liberación Nacional, Álvaro Ramos o cualquier otro dirigente cuando considere que se apartan de los principios que dicen defender.
Que nadie espere de mí un silencio comprado.
Ni por dinero.
Ni por amistad.
Ni por seguidores.
No voy a combatir un caudillo para terminar obedeciendo a otro.