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Alberto Guerrero Baena
Mientras la FIFA insistía en presentar el torneo como una celebración global de integración, diversidad y convivencia, las redes sociales y buena parte del ecosistema mediático latinoamericano incubaron un fenómeno completamente distinto: una escalada de hostilidad hacia Argentina —bautizada mediáticamente como “argentinofobia”— que trascendió el ámbito deportivo para convertirse en un conflicto cultural e incluso político.
Como sociólogo, el primer deber es desmontar un equívoco: la argentinofobia no constituye, hasta hoy, una categoría académica consolidada.
Ninguna corriente seria de la sociología o la antropología la reconoce como un fenómeno equiparable a formas estructurales de discriminación.
Lo que sí existe es un proceso de construcción del “otro”, alimentado por rivalidades nacionales, algoritmos digitales y discursos públicos que simplifican sociedades enteras en caricaturas emocionales.
El problema, por tanto, no es Argentina. Es la manera en que las identidades nacionales están siendo administradas por la economía de la indignación.
El algoritmo encontró un negocio
Los estudios contemporáneos sobre redes sociales coinciden en que las plataformas no premian la verdad ni la complejidad; premian la emoción intensa. La indignación genera interacción, la interacción produce visibilidad y la visibilidad se traduce en ingresos.
Después del Mundial, cualquier declaración desafortunada, provocación futbolística o celebración argentina se convertía automáticamente en combustible para millones de reproducciones. En pocas horas, TikTok, X, Facebook e Instagram construían la impresión de que existía una guerra cultural continental.
No era una guerra. Era un algoritmo optimizando la confrontación.
La sociología digital lleva años advirtiendo que estas dinámicas favorecen la creación de “tribus emocionales”, donde la identidad se fortalece no tanto por lo que uno es, sino por aquello que decide odiar.
Cuando algunos comunicadores hablan por un país
En ese contexto aparecieron voces que elevaron el conflicto a un nivel innecesario. Particularmente polémicas fueron las declaraciones del periodista argentino Eduardo Feinmann, quien expresó públicamente que “detestaba” a los mexicanos y sostuvo que estos envidiaban a los argentinos “en todo”.
Tras la reacción pública, ofreció disculpas y afirmó que hablaba únicamente desde la pasión futbolística, aunque posteriormente volvió a realizar comentarios críticos sobre México.
Aquí conviene distinguir dos planos. Feinmann tiene derecho a expresar opiniones.
Pero también debe asumir que, cuando un comunicador con gran audiencia utiliza expresiones despectivas dirigidas hacia una nacionalidad completa, deja de participar únicamente en un debate deportivo para contribuir a la normalización de estereotipos.
El problema no es un periodista. El problema aparece cuando los medios convierten la provocación en modelo de negocio.
México también debe mirarse al espejo
Sería intelectualmente deshonesto presentar a México únicamente como víctima.
Las redes mexicanas también producen enormes cantidades de contenido ofensivo hacia Argentina.
Los insultos sobre el origen europeo de los argentinos, referencias raciales, burlas económicas y ataques personales forman parte del mismo ecosistema que después se critica cuando opera en sentido contrario.
La antropología enseña que toda identidad colectiva necesita un “otro” para reafirmarse. El fútbol ofrece ese escenario ideal porque convierte diferencias históricas, económicas y culturales en narrativas sencillas: nosotros contra ellos.
En realidad, ambos países están atrapados en el mismo mecanismo.
El éxito también fabrica enemigos
Existe otro componente menos comentado.
La historia del deporte muestra que los equipos dominantes suelen convertirse en objeto de rechazo internacional. Brasil en los setenta, Alemania en los noventa, España entre 2008 y 2012 y, ahora, Argentina experimentaron ese fenómeno.
Ganar reiteradamente modifica la percepción externa. El campeón deja de ser admirado.
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Empieza a ser vigilado.
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Cada celebración es interpretada como arrogancia.
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Cada gesto se magnifica.
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Cada polémica confirma prejuicios previamente existentes.
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No porque el campeón cambie necesariamente, sino porque cambia la mirada del resto.
Cuando la política secuestra al deporte
Lo más preocupante comenzó cuando diversos actores políticos decidieron apropiarse del conflicto.
En Argentina, sectores cercanos al Gobierno interpretaron las críticas internacionales como una campaña organizada contra el país y las incorporaron a una narrativa de confrontación cultural.
Desde otros espacios políticos se respondió que parte de la imagen internacional argentina también estaba siendo afectada por discursos públicos altamente polarizantes.
Ese desplazamiento resulta especialmente delicado. El deporte puede alimentar identidades nacionales.
Pero cuando esas identidades se convierten en instrumentos de movilización política, dejan de ser competencia simbólica y comienzan a producir polarización social.
El verdadero adversario no lleva camiseta
Reducir este fenómeno a una supuesta “argentinofobia” sería simplificar un problema mucho más profundo. Lo que observamos es la consolidación de una cultura digital donde el nacionalismo emocional se monetiza diariamente.
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Los medios más estridentes obtienen audiencia.
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Los influencers ganan seguidores.
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Los algoritmos aumentan la permanencia.
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Los políticos movilizan emociones.
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Todos obtienen beneficios.
Excepto las sociedades.
Una salida posible
Ni Argentina necesita responder con nacionalismo defensivo ni México con resentimiento permanente.
La solución pasa por recuperar algo que las redes sociales han erosionado: la capacidad de distinguir entre individuos y sociedades.
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Un periodista no representa a cuarenta y siete millones de argentinos.
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Un influencer mexicano tampoco representa a ciento treinta millones de mexicanos.
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El fútbol seguirá produciendo rivalidades.
Eso forma parte de su esencia.
Lo verdaderamente peligroso es permitir que esas rivalidades sean utilizadas para justificar prejuicios nacionales, discursos xenófobos o proyectos políticos que necesitan enemigos permanentes para sobrevivir.
Porque cuando el silbatazo final deja de marcar el final del partido y comienza una guerra cultural alimentada por pantallas, ya no estamos hablando de fútbol.
Estamos hablando de la fragilidad contemporánea de nuestras identidades colectivas.
Y ese partido, a diferencia de cualquier Mundial, lo estamos perdiendo todos.