Masajistas egresados de una escuela para personas ciegas y con debilidad visual ofrecen terapias profesionales en Ciudad de México. Adrián Mendoza cuenta cómo la preparación, el tacto y la perseverancia les permiten vivir de un oficio que aprendieron para abrirse camino frente a la exclusión laboral.
Caminar por el Centro Histórico de Ciudad de México siempre deja historias inesperadas. Entre vendedores, turistas y el movimiento constante de las calles, unas sencillas camillas instaladas sobre la banqueta llamaron nuestra atención. Allí trabajan masajistas cuya historia revela preparación profesional, independencia y una lucha diaria por abrirse espacio en una sociedad que todavía les cierra puertas.
Una historia escondida a plena vista
En la esquina de la calle República de Venezuela con Del Carmen, varias personas ofrecen masajes a quienes pasan por el lugar.
Adrián Mendoza trabaja allí desde hace ocho años, aunque asegura que lleva aproximadamente una década ejerciendo como terapeuta en el centro de la ciudad. Antes atendía en el parque de Loreto, situado a pocas calles del lugar actual.
La primera sorpresa llegó cuando explicó que la mayoría de los trabajadores que ocupan esas camillas son personas ciegas o con debilidad visual.
No se trata de una actividad improvisada. Adrián y sus compañeros estudiaron una carrera técnica profesional en masoterapia, en la que recibieron formación sobre anatomía, técnicas de masaje, signos, síntomas y valoración de pacientes.
Formación profesional detrás de cada masaje
Adrián es completamente ciego. Sin embargo, su discapacidad visual no le impide reconocer el cuerpo, identificar zonas de tensión ni determinar hasta dónde puede intervenir como terapeuta.
Durante su formación aprendió qué partes puede trabajar, qué técnicas debe emplear y cuándo una lesión requiere atención médica especializada.
Estudiamos anatomía, diferentes técnicas de masaje y lo que podemos o no podemos hacer, explicó.
Los masajistas ofrecen terapias relajantes de espalda, sesiones de cuerpo completo y tratamientos enfocados en molestias o lesiones específicas.
Antes de comenzar, realizan preguntas al paciente y valoran sus síntomas. Cuando consideran que el problema supera sus competencias, recomiendan acudir a una institución de salud.
El tacto como herramienta de trabajo
Para Adrián, el tacto no sustituye la preparación: la complementa.
La capacitación profesional les permite reconocer músculos, articulaciones y zonas sensibles, mientras que la experiencia acumulada les ayuda a comprender qué necesita cada persona.
El servicio más económico ronda los 150 pesos mexicanos e incluye áreas como cuello, espalda y cintura. El precio puede aumentar según la duración de la terapia y la condición que presente el paciente.
Una sesión de espalda puede durar entre 15 y 20 minutos. Los tratamientos más amplios requieren más tiempo y una valoración distinta.
Viajar cada día para ganarse la vida
Adrián no reside en el centro de la capital. Todos los días viaja desde Ixtapaluca, en el Estado de México, utilizando transporte público para llegar a su lugar de trabajo.
Aprendió a desplazarse mediante clases de orientación y movilidad. En ellas, las personas con discapacidad visual desarrollan técnicas para utilizar el bastón blanco y aprovechar otros sentidos como el oído, el olfato y la percepción de la piel.
Moverse por una ciudad saturada de peatones, obstáculos y comercio callejero representa un desafío, pero Adrián lo enfrenta diariamente como parte de su rutina.
La exclusión que los empujó a crear su propio espacio
Detrás de las camillas de estos masajistas también existe una realidad más dura.
Al final de la entrevista, Adrián reconoció que en algunos lugares le han negado oportunidades de trabajo debido a su discapacidad visual.
Esa exclusión ayuda a entender por qué él y sus compañeros buscaron una alternativa en la vía pública. No están allí por falta de preparación, sino porque muchas puertas continúan cerrándose para las personas con discapacidad.
La banqueta terminó convirtiéndose en consultorio, punto de encuentro y fuente de ingresos.
Estos masajistas no buscan lástima, sino clientes
La historia de estos masajistas no debe contarse desde la compasión.
Son trabajadores capacitados que ofrecen un servicio, establecen horarios, evalúan pacientes y cobran por su conocimiento. Su presencia en el Centro Histórico demuestra que la independencia también puede construirse en lugares que miles de personas atraviesan diariamente sin detenerse a observar.
Adrián no pidió caridad durante la conversación. Habló de estudios, trabajo, movilidad y experiencia.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza de esta historia: antes de asumir que una persona necesita ayuda, conviene reconocer todo lo que ha aprendido para ayudarse a sí misma.