La compañía colombiana Trevejos Teatro llegó a Ciudad de México con Memorias de Armero, una estremecedora puesta en escena sobre la tragedia que sepultó a miles de personas en 1985. Sus actores devolvieron la voz a quienes el lodo silenció y consiguieron algo que este periodista no esperaba: hacerlo llorar.
En el Teatro Júpiter 21, la compañía colombiana Trevejos Teatro convirtió la tragedia de Armero en una experiencia de memoria, dolor y humanidad que desbordó el escenario.
«¿Sabían ustedes que en Armero llovía ceniza? No, no lo saben, lo olvidaron».
Las palabras retumbaron en el Teatro Júpiter 21, en Ciudad de México. Sobre el escenario, los integrantes de Trevejos Teatro, una compañía colombiana con 28 años de trayectoria, comenzaban a desenterrar una historia que el tiempo no ha conseguido sepultar.
Había maletas, ropa suspendida, cuerpos cubiertos de barro y rostros marcados por una angustia que parecía salir de las entrañas. No había un volcán sobre el escenario, pero su presencia se sentía en cada movimiento. No había una ciudad destruida frente a nosotros, pero sus habitantes parecían haber regresado para contarnos lo que ocurrió.
Yo había llegado para cubrir una actividad cultural. Una invitación al teatro, una entrevista, algunas fotografías y una nota periodística.
Nadie me advirtió que terminaría llorando.
Aquella mañana del 24 de octubre, la compañía colombiana presentó Memorias de Armero como parte de las actividades del Festival Internacional de Artes Comunitarias Júpiter 21. Lo que presencié fue mucho más que una representación teatral: fue un encuentro con una de las heridas más profundas de América Latina.
Trevejos Teatro: 28 años contando las historias de Colombia
Trevejos Teatro nació en 1998 en Mosquera, municipio del departamento colombiano de Cundinamarca. Durante casi tres décadas ha construido una trayectoria de teatro independiente, formación artística y representaciones que dialogan con la historia y las realidades sociales de su país.
En México tuve la oportunidad de conversar con Diana Sotelo, directora de la compañía; Alexandra Herrera, actriz; y Jonathan Mendoza, actor, quienes compartieron los detalles del proceso creativo detrás de Memorias de Armero.
Sus testimonios permitieron comprender que aquella representación no nació de la improvisación ni de una simple adaptación de acontecimientos históricos.
El grupo dedicó más de seis meses a la investigación documental, al análisis de testimonios y a ejercicios sensoriales que permitieran a los intérpretes acercarse emocionalmente a las experiencias de las víctimas.
Los personajes surgieron de historias recogidas durante ese proceso, algunas construidas a partir de diferentes testimonios.
Ninguno de estos jóvenes artistas había vivido directamente la tragedia de Armero. Sin embargo, crecieron en un país donde aquella noche permanece en la memoria de padres, abuelos y sobrevivientes.
Uno de los integrantes del elenco lo explicó durante nuestra conversación:
«Quizá lo que vivimos en la escena es el 1% de lo que quizá alguna persona en ese Armero vivió».
Esa frase me hizo comprender la dimensión del trabajo que estaba viendo. Si aquello que representaban sobre las tablas era apenas una pequeña aproximación al sufrimiento real, ¿cómo imaginar el horror que experimentaron quienes quedaron atrapados bajo el lodo?
Armero no era una tragedia: era una ciudad llena de vida
Hay algo extraordinario en el montaje de Trevejos Teatro: sus artistas no comienzan mostrando únicamente la muerte. Primero nos presentan la vida.
La vida cotidiana de Armero, con sus vecinos, sus conversaciones, sus ilusiones y sus conflictos. Aparecen personajes que trabajan, estudian, discuten, se enamoran y hacen planes para un mañana que el público sabe que nunca llegará.
Está Juan, un muchacho que sueña con estudiar y construir su futuro. Está Marinita, con quien comienza a descubrir el amor. Hay familias preocupadas por sus hijos, trabajadores que intentan ganarse la vida y vecinos que conversan como si el mundo fuera a continuar exactamente igual al día siguiente.
En una de las escenas, el personaje del alcalde expresa una idea que atraviesa toda la representación:
«Armero no son sus casas, no son sus calles. Armero es su gente y mientras su gente siga viva, Armero vivirá».
Esa es la esencia de la obra.
Porque cuando conocemos los sueños de sus personajes, cuando escuchamos sus conversaciones y descubrimos sus afectos, dejamos de pensar en la tragedia de Armero como una estadística.
De pronto comprendemos que debajo de aquella avalancha quedaron historias que apenas comenzaban a escribirse.
Y entonces llega el horror.
La tragedia de Armero: cuando las advertencias no fueron suficientes
El 13 de noviembre de 1985, el volcán Nevado del Ruiz entró en erupción en Colombia. El calor de los materiales volcánicos derritió parte de la nieve y el hielo de la montaña, provocando enormes corrientes de agua, lodo y escombros que descendieron por los cauces de los ríos.
Aquellas avalanchas, conocidas como lahares, alcanzaron distintas poblaciones. Armero, en el departamento del Tolima, quedó prácticamente destruida.
El desastre provocó aproximadamente 25.000 muertes en las poblaciones afectadas, según el Servicio Geológico Colombiano. De ellas, unas 23.000 ocurrieron en Armero, de acuerdo con los registros históricos recogidos por el Servicio Geológico de Estados Unidos.
Pero hay una dimensión especialmente dolorosa: el peligro había sido advertido.
La actividad del volcán había generado preocupación científica meses antes de la erupción. Existían estudios y advertencias sobre la posibilidad de corrientes de lodo, pero no se consiguió establecer una comunicación y una evacuación eficaces para proteger a la población.
El Servicio Geológico estadounidense documenta que los flujos tardaron aproximadamente dos horas en alcanzar Armero, un tiempo que habría permitido salvar numerosas vidas si la alerta hubiese llegado oportunamente.
Por eso, durante nuestra entrevista, la compañía utilizó una expresión que resume uno de los planteamientos centrales de su obra: Armero fue un pueblo sepultado también «por la indiferencia».
El volcán fue un fenómeno de la naturaleza. Las fallas de prevención y comunicación que agravaron sus consecuencias pertenecen a la historia de las decisiones humanas.
Y esa es otra de las preguntas que Trevejos Teatro deja flotando sobre el escenario: ¿cuántas tragedias podrían tener consecuencias menores si aprendiéramos a escuchar las advertencias?
Los rostros de Armero que me hicieron llorar
Durante la representación, hubo momentos en los que dejé de pensar como periodista.
La cámara seguía registrando imágenes, pero yo estaba completamente atrapado por lo que ocurría frente a mis ojos.
Una de las actrices tenía el rostro cubierto de barro. Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras interpretaba el dolor de su personaje. Había una fuerza conmovedora en aquella imagen.
No era necesario conocer personalmente a una sola víctima de Armero para comprender lo que aquellos jóvenes estaban intentando transmitir.
Las escenas de separación, las personas buscando desesperadamente a sus familiares y la incertidumbre de quienes no saben si volverán a encontrarse resultaban estremecedoras.
En uno de los pasajes, una mujer se niega a marcharse sin Armando. Más adelante, entre las escenas de búsqueda y atención a los sobrevivientes, aparecen personas preguntando por sus seres queridos. Una mujer busca a un niño de ocho años y repite su nombre y las características de su ropa, aferrándose a la posibilidad de encontrarlo.
Son escenas teatrales, personajes construidos desde la investigación y los testimonios, pero el sufrimiento humano al que remiten fue real.
Yo sentía un nudo en la garganta.
Cuando llegó el momento de conversar con Diana Sotelo, Alexandra Herrera y Jonathan Mendoza, todavía tenía los ojos húmedos.
Se los confesé frente a la cámara:
«A mí me invitaron nada más a venir a hacer una nota, pero no me dijeron que iba con llanto incluido».
Y era cierto.
Trevejos Teatro había conseguido que un costarricense, sentado en un pequeño teatro de Ciudad de México, llorara por una ciudad colombiana sepultada 41 años atrás.
El teatro colombiano también lucha por sobrevivir
Nuestra conversación no se limitó a la tragedia de Armero. También abordamos las dificultades que enfrentan las compañías teatrales independientes y la importancia del respaldo institucional a la cultura.
Trevejos Teatro mantiene un elenco estable de aproximadamente 15 actores y cuenta con nueve montajes activos en su repertorio. Algunos llevan más de una década presentándose.
Diana Sotelo explicó que la agrupación ha desarrollado su trabajo de manera independiente, aunque participa en convocatorias y programas públicos de estímulos culturales.
La gira por México fue posible gracias a un apoyo obtenido mediante una convocatoria municipal en Mosquera, Colombia.
Durante la entrevista, los artistas también expresaron sus opiniones y preocupaciones sobre las políticas culturales, los cambios de gobierno y las dificultades que pueden enfrentar las organizaciones artísticas cuando dependen de los presupuestos públicos.
Sin embargo, dejaron clara su determinación de continuar creando.
Uno de los mensajes que quedó de aquella conversación fue que los artistas deben encontrar caminos para mantener viva la creación, incluso en escenarios adversos.
Y mientras los escuchaba, pensaba en una contradicción que atraviesa a nuestros países latinoamericanos: con frecuencia se discute cuánto cuesta financiar el arte, pero pocas veces nos preguntamos cuánto pierde una sociedad cuando deja de escucharlo.
Sin teatro, sin literatura, sin música y sin memoria, también desaparecen las voces que nos obligan a mirar aquello que preferiríamos olvidar.
Armero volvió a vivir en el Teatro Júpiter 21
La presentación de Memorias de Armero también fue posible gracias al espacio de encuentro cultural impulsado desde el Teatro Júpiter 21, donde nuestra amiga Nadia Salinas y su equipo recibieron a la compañía colombiana.
Al finalizar la función, las palabras de agradecimiento y reconocimiento al elenco estuvieron acompañadas por una reflexión sobre el papel transformador del arte.
Diana Sotelo agradeció la hospitalidad mexicana y recordó que la tragedia de Armero no debe convertirse simplemente en un episodio lejano de los libros de historia.
La directora invitó al público a conocer lo sucedido en 1985, reflexionar sobre la prevención de los desastres y valorar la memoria de las comunidades que han sufrido sus consecuencias.
Y terminó con una frase hermosa:
«No dejen de ver teatro porque el teatro es un alimento para el alma».
Después de lo que acababa de presenciar, difícilmente podría estar más de acuerdo.
Porque el teatro no necesita reconstruir físicamente una ciudad para devolverle su existencia.
Puede hacerlo con una maleta abandonada, con una madre buscando a su hijo, con el rostro embarrado de una actriz o con el grito de quienes se niegan a ser olvidados.
La tragedia de Armero ocurrió hace 41 años, pero aquella mañana de octubre dejó de ser para mí un acontecimiento histórico distante.
Tuvo nombres, rostros, lágrimas y voces.
Trevejos Teatro consiguió que la memoria atravesara fronteras. Desde Colombia llegó hasta México para recordar que las víctimas de Armero merecen mucho más que una cifra repetida cada aniversario.
Merecen que sus historias continúen siendo contadas.
Yo fui al Teatro Júpiter 21 para escribir una noticia. Salí de allí con una experiencia que difícilmente olvidaré.
Armero volvió a llorar en México. Trevejos Teatro le prestó sus voces a quienes el lodo silenció.
Y yo, que había llegado buscando una historia, terminé llorando con ellos.