El abogado de los monstruos

(Cuento inspirado en hechos reales)

En la República de San Aurelio, la memoria no muere: solo cambia de nombre para sobrevivir.

En sus plazas, los muertos susurran entre los aplausos y las víctimas sin rostro reclaman justicia en voz baja.

Este cuento no busca venganza, sino verdad; no señala, sino que recuerda.

Porque hay heridas que no cierran con discursos, y hay curules que pesan más que un ataúd.

1) Día de juramentación

La mañana en San Aurelio amaneció con campanas y pólvora. Desde temprano el viento empujó banderas nuevas hacia la plaza del Congreso, donde un hombre de traje oscuro —Elías Villalobos— levantó la mano derecha y juró “por la patria y por la ley”. La multitud aplaudió como si el sonido pudiera borrar el pasado. En las gradas, varias familias apretaron fotografías sobre el pecho, como quien aprieta una costura que no cierra.

Nadie lo dijo en voz alta, pero todos supieron: ese juramento olía a formalina y a papel de expediente.
2) La sala de espera

En un pasillo lateral, cerca del reloj de péndulo, Amalia Cedeño abrió una libreta con una letra apretada de médico. No era un diario: era una lista de compras sin cumplir. “Hilos, agujas, suturas. Manzanas. Llamar a mamá”. La sostuvieron sus padres; habían aprendido a sostener cosas que ya no pesan.

Podría estar aquí —susurró su madre, y la frase quedó a medio camino entre plegaria y negación—. Podría estar aquí, con su bata, corrigiéndoles la vida.

El padre hizo un gesto hacia el hemiciclo, donde el flamante diputado estrechaba manos con sonrisa de catálogo.

—Está —dijo—. Está en cada aplauso que él recibe. Está porque la mataron y él defendió a uno de los hombres señalados, y hoy se sienta ahí.

Nadie respondió. En el techo, una luz parpadeó como si también quisiera llorar.

3) La carta que no se envía

María Tazmín no dejó cartas. Su hermana, Rafaela, decidió escribir una por las dos.

Señor diputado Villalobos:

Hoy usted celebra. Yo solo pregunto: ¿Cómo se celebra cuando los pasos que lo trajeron hasta aquí están manchados de lodo y sangre? ¿Cuántos pasillos de juzgado recorrió para llamarle ‘duda razonable’ a lo que para nosotras fue certeza, cuerpo y ausencia? Usted dirá que ese era su trabajo. Le creo. Pero dígame: ¿y éste? ¿Éste de ahora, sentado en una curul, honrado, representando al pueblo… también es solo trabajo?

Si es trabajo, entonces ¿Cuál es el salario justo por sostener en la boca la palabra ‘no culpable’ mientras nosotras sosteníamos una tumba nueva?”

Rafaela guardó la carta en el bolsillo interno del saco. No la enviaría. Había cosas que solo necesitaban respirarse para existir.
4) Lucía y el diccionario

Lucía tenía trece cuando le robaron el lenguaje. Ella lo dice así, con paciencia de quien aprendió a hablar de nuevo:

—El lenguaje es un territorio, y a mí me lo invadieron.

Lo recuerda todo. La sala fría. El hombre con voz entrenada que decía “consentimiento”, “relación”, “normal”. Las palabras como balas de goma: no matan, pero duelen por mucho tiempo. En esa sala, Elías Villalobos no la miró jamás a los ojos. Se aferró a papeles y tecnicismos como quien se aferra a la baranda de un puente, y repitió la teoría del acuerdo —esa ficción jurídica con la que algunos adultos nombran lo innombrable.

Lucía aprendió a defenderse con un diccionario. Subrayó “niña”, subrayó “abuso”. Hizo un pequeño altar de significados precisos.

—Hoy él es diputado —dice—. Yo ya no soy niña, pero hay niñas. Escúchenlas antes de que un estrado vuelva a arrebatarles las palabras.

5) Los invisibles de San Isidro del Norte

El día que capturaron a La Banda del Cacique, la calle se llenó de sirenas. Luego, silencio. En San Isidro del Norte les llaman “los invisibles” a las familias que se quedaron sin hijos porque el polvo blanco convierte a los muchachos en sombra y a las balas en nuevo alfabeto. No hay placas conmemorativas para ellos, ni minutos de silencio en la Asamblea. Pero existen.

En una casa anónima, una madre anónima cuenta la historia con los ojos. Su hijo se llamaba Noé, y antes de desaparecer, soltó una frase que creció como hiedra:

—Mamá, en este país el que paga manda. Y el que manda no cae.

Cuando supo que el abogado que defendió a los jefes del polvo ahora defendía leyes en el Congreso, la madre entendió la frase completa. No lloró ese día. Regó las plantas. Hizo arroz. Les habló a los santos con la furia mansa de las mujeres que esperaron demasiado.

6) El mapa truncado de La Trinchera

La ruta La Trinchera es una cicatriz en el mapa. Nadie sabe cuándo empezó a sangrar; todos saben quiénes cobraron por vendarla con gasas de papel. En los expedientes hay firmas, licitaciones, obstrucciones, y un aire espeso de favores. Los camiones se hunden cuando llueve. El presupuesto se hunde siempre.

Un viejo ingeniero, don Tadeo, trazó una línea recta sobre la mesa y dijo:

—Era así de simple. Pero a la recta la doblaron los intereses y la retórica. Después vinieron los abogados; esa gente que sabe convertir una curva en un laberinto.

Hoy don Tadeo ve al diputado Villalobos por televisión, hablando de infraestructura. Apaga el televisor y se sirve un café amargo.

—Cuando se roba de las carreteras —dice—, no roban cemento: roban tiempo de ambulancia, leche que no llega, trabajo que no aparece. Y para eso también hay defensas que encubren, palabras que limpian.

7) El discurso

En la primera sesión legislativa, Elías Villalobos pidió la palabra y la palabra se le dio. Prometió combatir el crimen, proteger a la familia, construir caminos, honrar la infancia. Habló de orden, de moral, de futuro. Muchos en la barra alta aplaudieron. El aplauso tiene la decencia de sonar igual para todos.

Desde el fondo del salón, Amalia, Rafaela y Lucía se miraron con una mezcla de risa y náusea. No es que no creyeran en el poder del lenguaje; al contrario, lo respetaban tanto que sabían cuándo era usado como barniz.

Villalobos pronunció la palabra “justicia” tres veces. La primera se quebró contra el mármol. La segunda se fue por la ventana. La tercera cayó a los pies de Lucía y se quedó temblando como una paloma herida.

8) El país que habla

Esa noche, la ciudad entera soñó el mismo sueño: un hemiciclo lleno de sillas vacías. Sobre cada curul, en lugar de diputados, había expedientes abiertos, fotografías, recetas médicas, cuadernos escolares, mapas de caminos inacabados, contraseñas de correos, mensajes de voz nunca reproducidos. El murmullo de las páginas era un río.

El país —ese animal silencioso que a veces despierta— habló:

—Yo no olvido. Soy el conjunto de lo que ustedes hacen cuando nadie los mira. Soy la abuela que espera justicia, el niño que no llegó a adulto, la joven a la que le cambiaron el nombre en los periódicos, el agricultor que empuja su cosecha en una ruta de barro. Soy los impuestos que pagan maestros, no las excusas que pintan puentes inexistentes. Soy las palabras que no pudieron destruir en aquel estrado. Soy también las que hoy pronuncian, y por eso vengo a cobrarles cada sílaba.

El país, en su sueño compartido, se acercó a la curul de Villalobos y dejó una sola pregunta escrita en una servilleta: “¿A quién le sos leal?”
9) El espejo

Villalobos llegó tarde a casa. Dejó el pin de diputado sobre la mesa, como quien deja un arma. En el baño, el espejo lo aguardaba con paciencia. Se lavó la cara. No hay jabón que quite lo que el tiempo deja.

Hice mi trabajo —se dijo, como se lo había dicho toda la vida.

El espejo devolvió la frase con una ligera corrección:

—Hiciste trabajos. Elegiste clientes. Elegiste palabras.

Abrió la ventana. Entró el rumor de la ciudad, un perro ladrando, una radio lejana con noticias, un grito de los que venden pan en la esquina. En el aire, por un segundo, creyó escuchar otra cosa: voces que no sabía nombrar. Cerró. Se sirvió un trago. Apagó la luz.

10) Los nombres verdaderos

En Puerto Seco, a la orilla de un río perezoso, la madre de Amalia sacó del ropero la bata blanca de su hija. No la olió; el duelo ya le había enseñado que algunos olores te matan dos veces. La dobló con la delicadeza de quien prepara un sudario para una imagen de yeso.

—No te vamos a convertir en consigna —le dijo al aire—. Te vamos a convertir en promesa.

En Valle Verde, Rafaela dejó la carta sobre el aparador. Encima, un portarretratos con la sonrisa mejor cuidada de su hermana María Tazmín. La luz de la tarde entraba oblicua y encendía el polvo como galaxias diminutas.

—A veces ganan —le dijo a la foto—. Pero a veces también se equivocan de silla. Y entonces llega el pueblo y se sienta.

En una ciudad cualquiera, Lucía subrayó otra vez las mismas palabras en su diccionario. No porque hicieran falta, sino porque quería sentir el papel vibrar. Luego salió a la calle y caminó sin prisa, con la certeza de que el idioma —su idioma— ya no le sería arrebatado.

11) Los invisibles dan la cara

Se corrió la voz. Los invisibles empezaron a aparecer con nombre y apellido en los parques, en las ferias, en los buses. Llevaban camisetas viejas con consignas nuevas: “No nos tapan con leyes”, “El duelo no se negocia”, “La moral no se terceriza”.

No gritaban mucho. Los invisibles saben que su potencia está en persistir. Algunos trabajaron toda la noche y llegaron igual, con manos jaspeadas de oficio. Otros trajeron cuadernos de sus hijos; los abrieron en la página donde empezaba el abecedario. Una maestra de escuela recitó en voz alta las sílabas como si fueran rezos: ma-me-mi-mo-mu. Y todo el parque repitió.

En una esquina, don Tadeo desplegó el mapa de La Trinchera y marcó con tinta roja los puntos donde la ruta se convertía en pantano. Varios camineros se acercaron. Tomaron nota. No habría presupuesto ese día, pero sí voluntad.

12) El acto de fe

Frente al Congreso, levantaron un escenario modesto. No hubo tarimas gigantes ni luces cegadoras. Solo un micrófono que compartieron muchos. Hablaron las madres, los padres, las hermanas, los vecinos, los obreros, los maestros, los estudiantes, los recolectores de basura, los pescadores, los choferes de bus, las enfermeras. Ninguno dijo el nombre del diputado. Resultaba innecesario.

Lucía subió al final. Tenía un vestido sencillo y un libro en la mano.

—Vine a recordarles —dijo— que las palabras son casa o son arma. Hoy las usaremos de casa. No para escondernos, sino para vivirnos de nuevo.

Abrió el libro. No era un código penal, no era una sentencia. Era un cuaderno blanco. Escribió la primera línea con trazo firme:

“En este país, la justicia no es un accidente: es un acto de fe que se trabaja todos los días.”

Luego levantó la mirada. El silencio fue hondo como un pozo, pero en el fondo había agua.

13) Epílogo en voz colectiva

Nosotros, los que pagamos el bus, la leche, los impuestos, las botas, los lápices; nosotros, los que velamos a nuestros muertos sin cámaras y con vecinos que traen café; nosotros, los que sabemos que la decencia no da likes pero sostiene repúblicas, dejamos constancia:

Que vimos a Elías Villalobos jurar con una mano mientras la otra sostenía las sombras de sus defensas pasadas.

Que escuchamos sus promesas y también las nuestras: no olvidar, no callar, no normalizar.

Que en esta historia, aunque cambien los nombres y los lugares, las víctimas mantienen su luz verdadera y los monstruos su silueta reconocible.

Que el futuro no lo dictan los discursos, lo dicta la suma paciente de los que trabajan, cuidan, exigen y aman.

Que, si alguna vez dudamos, volvemos a leer el diccionario con Lucía, el mapa con don Tadeo, la lista de Amalia, la carta de Rafaela, y el silencio de los invisibles. Y sabremos qué hacer.

Porque este país —con otro nombre si quieren— es más grande que cualquier curul, más hondo que cualquier expediente, más terco que cualquier mentira.

Y porque la justicia, como la palabra niña, no se negocia. Se protege. Se honra. Se cuida.

Nota editorial

Esta obra es una ficción literaria inspirada en hechos de dominio público y documentación judicial existente.

Los nombres, lugares y circunstancias fueron modificados para preservar el carácter simbólico del relato, pero su espíritu se basa en realidades verificadas: las heridas de un país que observa cómo la impunidad se disfraza de autoridad.

Radio Zurqui presenta este cuento como un ejercicio de memoria, dignidad y resistencia frente a la deshumanización institucional.

Porque escribir —cuando la justicia calla— es otra forma de defender la verdad.


 

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Erick Sojo Marín, “Este Paisano”, es fundador y director de Radio Zurqui. Periodista digital y comunicador político con amplia experiencia en análisis nacional e internacional. Defensor del periodismo independiente, la libertad de expresión y la institucionalidad democrática.
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