Entre misa, sonideros, cumbia, tacos y pastel, Este Paisano recorrió el Mercado de La Merced durante la celebración de sus 69 años. Pero mientras la música llenaba los pasillos, el trabajo nunca se detuvo. Al preguntar a sus locatarios qué significa para ellos este mercado, las respuestas terminaron contando una historia mucho mayor que la fiesta.
Este 24 de setiembre, el Mercado de La Merced, en la Ciudad de México, celebró a lo grande sus 69 años: con sabor de barrio, sonideros, cumbia, tacos, pastel, danzantes y una multitud moviéndose entre la fiesta y el comercio cotidiano.
Pero antes del bailongo hubo misa. En plena calle, frente a comerciantes, visitantes y vecinos, el sacerdote que la oficiaba definió La Merced con una imagen difícil de olvidar:
Este es el corazón proveedor de la CDMX. Hay otros corazones, como la Basílica, un corazón de fe, pero no podemos imaginar una Ciudad de México sin La Merced (…) quitas La Merced y le quitas la vida a la ciudad.
Horas después, caminando entre sus pasillos y preguntando a los propios locatarios qué significa para ellos La Merced, esa palabra —vida— volvería a aparecer… Una y otra vez.
Una fiesta que comenzó antes de entrar
Bastó acercarse a uno de los múltiples accesos para entender que aquel no sería un día normal.
Los sonideros probaban sus equipos mientras algunas personas aprovechaban los primeros acordes para comenzar a bailar en plena calle. Dentro, músicos, comerciantes, compradores, diableros y visitantes compartían un espacio donde la celebración avanzaba sin conseguir detener el trabajo.
Porque La Merced estaba de fiesta, sí.
Pero La Merced seguía trabajando.
El conjunto que hoy conocemos tiene una historia mucho mayor que sus 69 años. La actividad comercial del barrio se remonta al siglo XIX y llegó a convertir a La Merced en el principal centro de abasto de la capital. El mercado formal creado en aquella zona funcionaba desde finales del siglo XIX, hasta que el crecimiento y la saturación obligaron a una transformación radical.
En 1957, el viejo mercado fue demolido y el comercio fue trasladado unos cientos de metros hacia el oriente, donde se levantó el conjunto actual bajo el proyecto del arquitecto Enrique del Moral. El nuevo Mercado de La Merced se convirtió entonces en la gran central de abasto de la Ciudad de México y de buena parte de la región.
El actual conjunto fue inaugurado el 23 de setiembre de 1957, pero la celebración quedó íntimamente ligada al día siguiente, 24 de setiembre, festividad de la Virgen de la Merced. Desde aquellos primeros años se documentan las mañanitas, la misa, la música y el baile que todavía forman parte de la fiesta.
Sesenta y nueve años después, eso fue exactamente lo que encontramos.
Un coloso de casi 400 metros
Recorrer la Nave Mayor del Mercado de La Merced ayuda a entender por qué el lugar parece no terminar nunca.
Una investigación académica que tomó como base información de la Secretaría de Desarrollo Económico calculó para esta nave una superficie de 37,762 metros cuadrados, dedicada a frutas, verduras, chiles, semillas, nopales, comida, plásticos y otros productos. La estructura se extiende aproximadamente 400 metros.
La propia SEDECO registra actualmente 4,200 locales en la Nave Mayor y otros 647 en la Nave Menor. Y La Merced tampoco termina allí: alrededor funcionan mercados especializados como el Anexo, Flores, Comidas, Paso a Desnivel, Ampudia y Banquetón.
Quizá por eso aquí las distancias engañan… Uno cree haber recorrido mucho y todavía falta mercado.
Los nopales de don Manuel
Cerca de la puerta 2 apareció lo que un costarricense probablemente identificaría de inmediato como algo parecido a una cimarrona: músicos avanzando por los pasillos mientras a ambos lados continuaba la faena de decenas de comercios.
En esa zona abundan las pollerías. Se prepara el pollo, se deshuesa, se aplana y se despacha mientras alrededor pasan compradores, músicos y diableros cargando mercancía.
Allí conocimos a Manuel Hernández.
Don Manuel trabaja con nopales. Con movimientos rápidos y precisos pasa el cuchillo por cada pieza hasta retirar las espinas. Nos contó que el producto que manipula llega desde Milpa Alta y San Martín de las Pirámides.
Tiene 38 años trabajando en La Merced y ocho en el puesto donde lo encontramos.
Nos mostró cómo limpia cada nopal y reconoció que alguna espina todavía logra clavársele de vez en cuando.
Después de tantos años, dijo, está acostumbrado.
Unos pasos más adelante estaba Jair, quien lleva alrededor de diez años picando los nopales una vez limpios. También confirmó que buena parte del producto con el que trabaja procede de Milpa Alta.
Muy cerca encontramos a dos hermanas dedicadas a picar hongos.
Sus manos se mueven con tal familiaridad que apenas necesitan mirar cada corte. Llevan cinco años haciendo el mismo trabajo y cuentan, entre risas, que la práctica ya les permite manejar el cuchillo sin terminar rebanándose un dedo.
Mientras conversábamos con ellas, alrededor todo continuaba moviéndose.
La música no detenía al mercado.
Los diableros seguían abriéndose paso con sus cargas entre los grupos musicales, los compradores y quienes habían llegado únicamente a celebrar.
Sonideros, pastel y tacos para todos
En distintos puntos se anunciaba la presentación de agrupaciones y sonideros. Entre ellas estaba La Sonora Dinamita, mientras los asistentes esperaban al ritmo del grupo que tuviera el turno en ese momento.
Pero la fiesta no estaba solamente en los escenarios.
En los pasillos aparecieron personas comiendo pastel de aniversario y avisándonos que, más adelante, los locatarios estaban regalándolo.
No era lo único.
En diferentes sectores se formaban largas filas para recibir tacos gratuitos, preparados y repartidos por los propios comerciantes como parte de la celebración.
La escena podía cambiar completamente después de caminar unos metros: de los cuchillos cortando nopales al sonidero; del diablo cargado de mercancía a una pareja bailando; de un local trabajando como cualquier otro día a otro donde alguien repartía pastel a todo el que pasara.
La Virgen de la Merced en medio de la fiesta
Cerca de la puerta 22 encontramos uno de los altares dedicados a la Virgen de la Merced.
Frente a él había grupos de danzantes de tradición indígena realizando bailes y limpias. Algunos rostros nos resultaban familiares: los habíamos visto anteriormente en el Zócalo capitalino.
La relación entre el mercado y la Virgen no es un añadido reciente.
Estudios sobre la historia del barrio documentan que, después del traslado de los comerciantes a las nuevas naves en 1957, los diferentes grupos comenzaron a organizar su celebración alrededor del 24 de setiembre. Las cooperaciones de los propios vendedores financiaban la fiesta, con misa, mañanitas, música y posteriormente baile.
Sesenta y nueve años después, esa tradición permanece.
“De aquí comemos; el mercado nos da todo”
Cerca de aquella puerta conocimos a Soledad.
Vende miel de abeja orgánica y melao de caña. Nos explicó que sus productos llegan desde Yucatán, Puebla y Tlaxcala.
Después de hablar de mercancías y procedencias llegó la pregunta que repetimos durante todo el recorrido:
—¿Para usted y su familia qué significa el Mercado de La Merced?
Soledad apenas necesitó pensarlo.
Mucho. De aquí comemos, el mercado nos da todo.
Unos puestos más adelante encontramos a Eleazar, comerciante de chicharrón prensado, ese que termina convertido en ingrediente de tacos de canasta, gorditas y tantas otras preparaciones de la comida popular mexicana.
Lleva cinco años en su puesto.
El producto llega desde Puebla y él lo comercializa en La Merced para sostener a su familia.
“Es nuestra segunda casa”
Después apareció Diego.
Comercia queso estilo Oaxaca elaborado en Puebla. Nos explicó incluso detalles de su producción y cómo buscan mantener un producto a un precio accesible.
Pero la historia de Diego no comenzó con él.
Heredó el negocio de su abuelo, quien trabajó durante más de 20 años en La Merced.
Cuando le hicimos la misma pregunta, respondió:
Para mí el Mercado de La Merced es comunidad, unión, compañerismo (…) es nuestra segunda casa.
Esta vez la respuesta no era únicamente económica.
Era pertenencia.
Más de veinte años entre hojas para tamales
A Roberto lo encontramos entre productos indispensables para una de las comidas más reconocibles de México.
Comercia hojas para mixiote, hojas de plátano, hojas de maíz e hilos. Buena parte de lo necesario para preparar tamales puede encontrarse en su negocio.
Es veracruzano.
Llegó a La Merced cuando tenía 18 años y lleva más de dos décadas trabajando allí.
Para él, La Merced también puede resumirse con una palabra: “Una vida”.
“Gracias a ella tengo mi negocio”
Entre las puertas 24 y 25 conocimos a Juan Alberto, originario de la Sierra de Puebla.
Vende miel pura y productos artesanales, entre ellos champús elaborados a base de romero, clavo de olor y canela.
Otra vez hicimos la pregunta.
Y otra vez la respuesta fue mucho más allá de definir un lugar donde se compra y se vende:
Para mí La Merced significa todo. Gracias a ella tengo mi negocio; de aquí comemos, vestimos, calzamos. Es un apoyo…”
En un mercado de miles de locales, la dimensión puede medirse en metros cuadrados, número de comerciantes o toneladas de mercancía.
Pero las respuestas comenzaban a ofrecernos otra unidad de medida… Familias.
Doña Irma y dos pasteles de tres pisos
Más adelante encontramos uno de los puestos donde se estaba repartiendo pastel.
Doña Irma Sánchez tenía frente a ella dos pasteles de tres pisos y cortaba rebanada tras rebanada mientras su nieto las entregaba a quienes caminaban por el pasillo.
Nos dijo que el gesto se hacía también en nombre de sus padres, Alfredo y Eloína Rojas.
Cuando preguntamos cuánto tiempo llevaba el negocio funcionando, señaló a uno de sus hijos:
“Tiene la edad de ese hombre… 46 años”.
La corrección llegó inmediatamente desde la familia:
“¡48 años!”
Hubo risas.
Entonces llegó nuestra pregunta de siempre:
—¿Qué significa para usted La Merced?
Doña Irma no necesitó elaborar un discurso.
Respondió en corto: “Una vida”.
Un mercado conectado desde sus entrañas con la ciudad
La relación de La Merced con la Ciudad de México llega incluso al subsuelo.
La estación Merced de la Línea 1 del Metro tiene conexión directa con el mercado. El propio entorno de la estación lleva al pasajero prácticamente desde el vagón hasta el corazón del comercio. El Sistema de Transporte Colectivo reportó más de 3.1 millones de usuarios en la estación Merced solamente entre enero y marzo de 2026.
Arriba continúa otro sistema de movimiento: mercancías que entran, diableros que las distribuyen, vendedores que preparan los productos y compradores que salen cargados.
Y el 24 de setiembre, además, música.
Cien kilos de carne para cerrar el recorrido
El recorrido terminó como probablemente debía terminar una visita a La Merced en día de fiesta: frente a unos tacos.
Allí conocimos a un taquero que se presentó, sin modestia alguna, como “el señor de los tacos”.
Aseguró que durante la celebración había repartido 100 kilos de carne al pastor.
Era la última escena de una jornada donde hubo misa y bailongo, danzantes y sonideros, nopales y hongos, miel, queso, tamales, pastel y tacos.
Pero durante todo el recorrido hubo algo que no cambió.
La Merced siguió trabajando.
Al comienzo del día, un sacerdote había dicho que quitar La Merced era quitarle vida a la Ciudad de México.
Después preguntamos a quienes llevan cinco, diez, veinte, treinta o casi cuarenta años trabajando entre sus pasillos qué significaba para ellos ese mercado.
“Todo”.
“Nuestra segunda casa”.
“De aquí comemos”.
Y más de una vez, la misma respuesta:
“Una vida”.