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Alberto Guerrero Baena
El llamado aura farming nació como un juego viral para medir, entre gestos, poses y reacciones colectivas, quién proyecta más presencia o autoridad. Pero detrás del meme aparece una pregunta mucho menos superficial: ¿Qué ocurre cuando la política comienza a ser evaluada con la misma velocidad, intuición y crudeza con que las redes sociales juzgan a sus protagonistas?
En una época donde un gesto puede decir más que un discurso y una multitud digital puede conceder o retirar prestigio en segundos, las nuevas generaciones están construyendo sus propios códigos para reconocer autenticidad, liderazgo y credibilidad. Desde esa frontera entre cultura digital y comportamiento político, Alberto Guerrero propone mirar el fenómeno no como una simple moda de internet, sino como una señal de cómo está cambiando la manera en que el poder es observado y juzgado.
Democracia directa, patrocinada por gestos y coreografías virales.
Hay una escena que se repite en las calles de Morelia, Ciudad de México, Bogotá o Buenos Aires: dos jóvenes se paran frente a frente, hacen un gesto seco —una mano al pecho, una mueca de indiferencia absoluta, una pose robótica— y una multitud decide, casi por aclamación, quién “tiene más aura”.
Le llaman aura farming: farmear aura.
Suena a broma de TikTok, y lo es, pero también es, sin que sus practicantes lo sepan, un ejercicio colectivo de evaluación pública que la clase política mexicana debería observar con más atención de la que probablemente le está dando.
¿Qué es exactamente el aura farming?
El término combina dos jergas. “Aura” viene de comunidades de anime y videojuegos, donde designa el carisma o la presencia magnética de un personaje: esa sensación de que alguien domina un espacio sin esforzarse visiblemente. “Farming” es vocabulario gamer clásico: la repetición de una acción para acumular puntos o recursos.
Juntas, describen la práctica de proyectar deliberadamente una imagen de seguridad, estilo o dominio —y de acumular, gesto tras gesto, ese capital simbólico ante un público que funciona como juez—.
La expresión circuló desde 2024 en fandoms y comunidades gamer, pero su explosión mundial llegó a mediados de 2025, cuando un niño indonesio de once años, Rayyan Arkan Dikha, fue grabado bailando con calma absoluta en la proa de una lancha durante la competencia tradicional Pacu Jalur.
El video se volvió un fenómeno global, replicado incluso por figuras del deporte internacional.
En 2026, el fenómeno mutó hacia algo presencial: “batallas” cara a cara donde el público, con aplausos, risas o silencio, funge como jurado instantáneo. Los primeros registros de estas batallas en México, de hecho, se han reportado apenas esta semana en el centro de Morelia.
¿Por qué resuena entre las juventudes?
Aquí entro en terreno de interpretación, no de hecho verificado.
Como fenómeno de expresión juvenil, el aura farming puede leerse como una respuesta a tres carencias que la antropología y la sociología de las juventudes llevan años documentando en México: la falta de espacios de reconocimiento social formal, la desconfianza hacia las instituciones que tradicionalmente otorgaban estatus —escuela, partido, iglesia, empleo estable— y la necesidad de mecanismos de jerarquización horizontal, decididos por pares y no por autoridades.
A diferencia del voto, del examen o del currículum, el veredicto de una batalla de aura es inmediato, público, gratuito y —crucialmente— no lo dicta ninguna institución.
Es una meritocracia informal de la vibra, ejercida por consenso de multitud.
Del meme al termómetro político: una hipótesis
Y aquí es donde la columna se vuelve una propuesta deliberadamente provocadora, no un hallazgo empírico: si esta lógica de evaluación colectiva e inmediata ya existe y moviliza a las juventudes, ¿Por qué no explorarla, aunque sea como ejercicio simbólico y no como sustituto de nada serio, frente a la clase política que buscará puestos de elección popular en 2027?
La pregunta no es ingenua.
Los procesos formales de evaluación —encuestas, debates, boletines de gobierno— llegan cada vez con menor credibilidad a un electorado joven que consume política casi exclusivamente en formato de video corto.
Un ejercicio de “farmeo de aura” no reemplazaría la evaluación técnica del desempeño público, pero podría funcionar como un termómetro adicional, brutal y honesto, de algo que las encuestas rara vez capturan bien: la conexión emocional y la credibilidad percibida de un aspirante frente a un público real.
¿Cómo sería el procedimiento, hipotéticamente?
Como ejercicio especulativo, y no como metodología ya validada, propondría tres ejes de evaluación pública, cada uno puntuable de 0 a 10 por el público presente:
- Primero, la vibra o presencia —el “aura” en sentido estricto—: cómo responde el aspirante ante preguntas incómodas sin guion, su lenguaje corporal, su capacidad de sostener contacto con la multitud sin recurrir a discurso ensayado.
- Segundo, el desempeño verificable en la administración pública: no opinión, sino datos duros y contrastables —obra pública entregada, indicadores de seguridad, ejecución presupuestal, resultados de auditorías— presentados en el momento del ejercicio para que el público confronte discurso con evidencia.
- Tercero, los antecedentes de gestión: denuncias, observaciones de órganos fiscalizadores, continuidad o ruptura de compromisos previos, expuestos también con fuente verificable.
La suma de los tres ejes, ponderada y hecha pública en tiempo real, generaría algo parecido a un “aura score” político: no una encuesta, sino una experiencia colectiva de escrutinio con el mismo espíritu lúdico-serio que ya practican las juventudes en la calle.
Las advertencias que no puedo omitir
Debo ser honesto sobre los límites de esta idea, porque proponerla sin advertirlos sería irresponsable.
Un ejercicio de este tipo es manipulable: la aclamación de una multitud puede comprarse, orquestarse o inflarse con acarreo digital, exactamente como ya ocurre con tendencias en redes. No es representativo: quienes asisten a una plaza pública no son una muestra estadística del electorado.
Y no sustituye la fiscalización institucional, los datos del INE, las auditorías de la ASF o el periodismo de investigación, que siguen siendo insustituibles.
Lo que el aura farming político sí podría aportar, si se diseña con reglas claras y verificación de datos, es un espacio adicional de contacto directo entre gobernantes y gobernados, en el lenguaje que las nuevas generaciones ya dominan.
Concluyendo…
El aura farming nació como un juego, pero, como todo juego que se vuelve masivo, revela algo real sobre quienes lo juegan: una generación que ya no espera que las instituciones le digan a quién creerle y que ha decidido, con sus propias reglas, hacerlo ella misma.
Rumbo a 2027, la clase política que entienda esa lógica —y se someta a ella con transparencia— probablemente tendrá más aura, en el sentido más literal y también más político de la palabra, que quien siga hablando el idioma de otra época.