A 53 años del golpe de Estado en Chile, Rolando Herrera reflexiona sobre el derrocamiento de Salvador Allende, la intervención estadounidense, la dictadura de Augusto Pinochet y las consecuencias políticas y sociales que aquel 11 de setiembre de 1973 dejó para Chile y América Latina.
En esta columna de opinión, Rolando Herrera reconstruye el camino que llevó al derrocamiento de Salvador Allende, el bombardeo contra La Moneda y la instauración de la dictadura de Augusto Pinochet, en una mirada sobre uno de los episodios más oscuros de la historia latinoamericana.
El 11 de setiembre se conmemora el aniversario del golpe de Estado en Chile, lo que provocó el derrocamiento del gobierno del doctor Salvador Allende Gossens, el primer líder socialista que mediante una elección democrática accedía al gobierno de un país en el mundo.
Como resultado del golpe, se instauró una dictadura militar bajo el comando de Augusto Pinochet Ugarte. Este régimen estuvo vigente hasta el año 1990.
Durante ese tiempo, en Chile se registraron violaciones de los derechos humanos, muertes y desapariciones. Además, se vivió un estado de facto que abolió libertades constitucionales como la libertad de prensa y de expresión, los partidos políticos fueron abolidos y el Congreso fue disuelto.

Antecedentes
Antes del 11 de setiembre de 1973, Chile era considerado el país con una de las democracias más estables en América Latina.
Distintos gobiernos habían logrado darle estabilidad política al país, aunque en la práctica la sociedad vivía una marcada desigualdad, caracterizada por grandes intereses económicos internacionales que lograron la privatización de recursos naturales tales como el salitre a finales del siglo XIX y el cobre en pleno siglo XX.
Ello había generado siempre un ambiente de agitación social y descontento.
En el año 1970, durante las elecciones generales, el partido Unidad Popular de Salvador Allende obtuvo el 36,63 % de los votos emitidos, contra el 35,29 % del candidato Jorge Alessandri.
Esto provocó un tiempo de incertidumbre y de inmediato se activaron las alarmas desde la derecha y el capitalismo.
Desde Estados Unidos, el mensaje del gobierno de Nixon fue:
Nuestra principal preocupación en Chile es la posibilidad de que Allende se consolide, y que su imagen ante el mundo sea su éxito.
Ello lo dijo cuando las acciones de la CIA fracasaron al intentar impedir que Salvador Allende asumiera como presidente.
Desde ese momento se dio inicio a una serie de operaciones que, con dinero estadounidense, buscaron crear zozobra social y desestabilizar al gobierno de Allende.
El asesinato del general Schneider
El asesinato del general Schneider —máximo líder de las Fuerzas Armadas de Chile— fue solo el inicio de un golpe que se iba preparando poco a poco.
Schneider era un fiel creyente del respeto al Estado de derecho y al orden constitucional. Por ello, era un obstáculo que debía ser eliminado.
Otro elemento disidente fue la prensa, ya que varios periódicos de derecha, con el apoyo de la CIA, se dieron a la tarea de crear un ambiente de tensión social que poco a poco fue caldeando los ánimos. Para ello se valieron de la ironía y el insulto en sus publicaciones.
El gobierno de Salvador Allende
Desde un inicio, la gestión de Salvador Allende buscó un estilo socialista distinto al cubano y al soviético.
Su fórmula, la “vía chilena al socialismo, con sabor a empanadas y vino tinto”, buscó una reforma agraria que permitiera mayores tierras a las personas de menor capacidad económica.
Se nacionalizó la industria del cobre, se mejoró la cobertura educativa y en salud y, por primera vez, Chile contó con una editorial estatal que, bajo la dirección del costarricense Joaquín Gutiérrez Mangel, empezó a editar todo tipo de libros a bajo costo, lo que significó un mayor acceso a la lectura.
De inmediato dieron inicio las acciones desestabilizadoras.
Los bancos y organismos internacionales limitaron el acceso a créditos para Chile, todo ello orquestado con la complicidad de Estados Unidos y la derecha chilena.
El grupo de ultraderecha Patria y Libertad ejecutó una serie de acciones cargadas de violencia. Bombas y tiroteos se volvieron su sello más representativo.
En 1973, una vez que los métodos democráticos para deponer a Allende fracasaron, intensificaron su campaña de atentados con bombas y ataques para desestabilizar al gobierno.
En junio de 1973 se produjo el “Tanquetazo”, un alzamiento militar que hacía prever lo que se acercaba.
El golpe contra Salvador Allende
Finalmente, con el apoyo de grupos empresariales de la derecha chilena, medios de información aliados y la CIA —siguiendo indicaciones de Nixon y Kissinger—, el 11 de setiembre de 1973 se produjo el alzamiento de la Marina chilena bajo el comando del almirante José Toribio Merino en la ciudad de Valparaíso.
A ello se unió la Fuerza Aérea, el cuerpo de Carabineros y, por último, el Ejército bajo el comando de Augusto Pinochet, a quien el mismo Salvador Allende había nombrado como líder de las Fuerzas Armadas de Chile.
Entre las primeras acciones que el grupo golpista llevó a cabo estuvo la destrucción de las torres de comunicaciones de las estaciones de radio leales al gobierno, para evitar que desde allí se informara de la situación y se llamara a la población civil a la defensa del gobierno.
Sin saber que Pinochet estaba en el bando golpista, el presidente Allende buscó comunicarse con él apenas se enteró del golpe en marcha durante la madrugada del día 11.
Una vez en La Moneda, el Palacio Nacional de Chile, Salvador Allende no aceptó renunciar a su cargo.
Ello significó que antes del mediodía el edificio fuera bombardeado por la aviación militar de Chile y se viese rodeado por blindados del Ejército.
Salvador Allende solo contó con el apoyo de su guardia personal y algunos militares leales, pero fueron superados ampliamente.
A las 10:15, mediante Radio Magallanes, Salvador Allende emitió su último discurso al pueblo chileno:
“Ésta será, seguramente, la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron: Soldados de Chile, comandantes en jefe y titulares…, el almirante Merino… más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su solidaridad y lealtad al gobierno, también se ha denominado director general de Carabineros.
Ante estos hechos sólo me cabe decirles a los trabajadores: Yo no voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza.
La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
¡Trabajadores de mi Patria!: Quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, espero que aprovechen la lección.
El capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, crearon el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición: la que les señaló Schneider y que reafirmara el Comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando, con mano ajena, reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios…
Me dirijo sobre todo, a la modesta mujer de nuestras tierras, a la campesina que creyó en nosotros, a la obrera que trabajó más, a la madre que supo sobre la preocupación por los niños.
Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.
Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo los oleoductos y los gasoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.
…Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, la seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
¡Trabajadores de mi Patria!: Tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile!, ¡Viva el pueblo!, ¡Vivan los trabajadores!
Éstas son mis últimas palabras, teniendo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.”

La muerte de Salvador Allende
A las 10:30, los tanques y otros blindados abrieron fuego contra La Moneda.
A las 2:48 de la tarde le informaron a Pinochet que el presidente Salvador Allende había cometido suicidio luego de emitir la frase:
¡Allende no se rinde, milicos de mierda!.
Según lo relata uno de sus doctores, Patricio Guijón, Salvador Allende se suicidó con un fusil AK-47, regalo de Fidel Castro.
Posterior al golpe
Al concretarse el golpe de Estado se instaló una junta militar formada por los comandantes de la Marina, Fuerza Aérea y Carabineros, bajo el férreo mando de Pinochet.
De inmediato dio inicio una persecución y purga de todos los seguidores del presidente Allende.
Se instauró un estado de vigilancia absoluta y represión en donde la desaparición, la tortura y el asesinato se transformaron en el sello de la dictadura.
Con el Congreso disuelto, la junta militar tuvo carta abierta para derogar los logros del gobierno socialista. Para ello se valió del apoyo de grupos de derecha como los “Chicago Boys”, que dictaron nuevas leyes que favorecían, en especial, a la derecha más radical de Chile.
Las técnicas de tortura fueron especialmente brutales.
En casas clandestinas se llevaron detenidos para torturarlos mediante la aplicación de cargas eléctricas estando desnudos, violaciones sistemáticas de mujeres con la intervención de animales —como perros— y posteriormente su asesinato.
Las universidades fueron purgadas por completo para evitar cualquier foco de disidencia política. Para ello se instalaron “censores” militares que vigilaban el accionar de rectores, funcionarios, docentes y estudiantes.
Exilio, persecución y represión
De inmediato se produjo un exilio masivo en todo Chile.
Algunos ciudadanos lograron escapar de la represión pinochetista gracias a la colaboración de las embajadas de países como México, Holanda o Italia.
Otros quedaron atrapados a la espera del auxilio de redes clandestinas que les permitieran salir del país por pasos fronterizos terrestres.
Uno de los órganos más represivos de la dictadura militar —luego recalificada como cívico-militar— fue la CNI, que bajo la dirección de Manuel Contreras ejecutó el rol de policía política y funcionó como órgano de persecución, secuestro, tortura, asesinato y desaparición de opositores políticos durante la dictadura.
Durante los años de la dictadura, varios gobiernos se negaron a cuestionarla.
No fue sino hasta que empezaron a producirse hechos transfronterizos, como el asesinato del excanciller Orlando Letelier en Washington D. C. por medio de una bomba, y aumentaron las denuncias sobre violaciones de los derechos humanos, torturas, desapariciones y muertes, cuando comenzó a observarse un cambio de posición a nivel mundial.
El modelo liberal implantado por el gobierno de Pinochet empezó a desmantelar el Estado de beneficio social hacia las personas más desfavorecidas y aumentó el enriquecimiento de grupos empresariales de derecha concentrados en pocas familias chilenas.
Ello aumentó la desigualdad entre ricos y pobres, una situación que todavía se observa en pleno siglo XXI.
Efectos colaterales del golpe de 1973
Los efectos del golpe del 11 de setiembre de 1973 en Chile no tardaron en hacerse sentir.
En otros países de América del Sur surgieron movimientos golpistas de derecha.
Tal es el caso de Argentina, que en 1976 vio cómo se instauró una junta de gobierno militar liderada por Jorge Rafael Videla. Durante el periodo de la dictadura se estima que más de 30 mil personas perdieron la vida luego de ser capturadas y torturadas.
Otro hecho que destaca es la instauración de la Operación Cóndor, un plan coordinado entre gobiernos de derecha para vigilar, desacreditar, perseguir y eliminar a opositores políticos.
En este plan participaron países como Chile, Argentina, Bolivia y Uruguay, entre otros, y contó con el apoyo de Estados Unidos.
Fin de la dictadura en Chile
Al final, la presión internacional y el aislamiento político, junto con la manifestación de un descontento popular creciente que se expresaba por medio de grandes movilizaciones contra el régimen golpista, lograron que en 1988 se convocara a un plebiscito nacional para determinar si Pinochet debía seguir siendo presidente, cargo para el que nunca fue electo de forma democrática.
El resultado fue claro: la mayoría votó por el NO.
En un principio, la junta militar encabezada por Pinochet se negó a aceptar los resultados, pero el cordón de prensa internacional que informaba de estos llevó al dictador a reconocer su derrota.
En 1990, la dictadura militar llegó a su fin.
De inmediato, y con el regreso de la democracia, se empezaron a conocer los hechos más escabrosos de la represión cívico-militar contra opositores.
Las denuncias que poco a poco iban saliendo a la luz pública llevaron a una investigación que, como resultado, generó la creación de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, más conocida como Comisión Valech, en el año 2003.
Los resultados de la primera comisión lograron recopilar las denuncias de más de 27 mil personas detenidas por fines políticos y que, en su mayoría, fueron sometidas a tortura.
Cierre editorial de Radio Zurquí
Porque los golpes de Estado no comienzan únicamente cuando aparecen los tanques.
Muchas veces comienzan mucho antes: cuando se deteriora la convivencia democrática, se normaliza la violencia política y algunos sectores empiezan a considerar que sus adversarios deben ser eliminados en lugar de derrotados mediante las urnas.
