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Alberto Guerrero Baena
El Mundial de 2026 no solo puso a competir selecciones: convirtió las gradas, las fronteras y el discurso político en un espejo de las tensiones que atraviesan al mundo.
El fútbol promete durante noventa minutos una identidad común, pero nunca consigue aislarse de la sociedad que lo rodea. En su columna de esta semana, Alberto Guerrero Baena analiza lo que el Mundial reveló sobre el racismo, la migración, el poder político y la capacidad del deporte para acercarnos o exhibir nuestras fracturas.
Mundial 2026: el espejo geopolítico del balón
Todo Mundial es, además de un torneo, un experimento social a escala planetaria: 48 selecciones, millones de aficionados desplazados y un escenario donde las tensiones que el planeta arrastra —migración, racismo, populismo, guerra— dejan de ser abstracciones y se vuelven grada.
El de 2026, organizado por México, Estados Unidos y Canadá, no fue la excepción; fue, quizá, el ejemplo más nítido de cómo el deporte funciona como termómetro civilizatorio antes que como refugio de la política.
La normalización política del racismo
Lo más inquietante no fueron los insultos anónimos en redes —aunque la FIFA documentó un salto brutal en su volumen respecto a Qatar 2022, con el racismo representando el 11% de los contenidos ofensivos detectados, frente al 8% de la edición anterior—, sino su origen.
Cuando el expresidente español Mariano Rajoy insinuó que la selección francesa tenía «un altísimo nivel, eso sí, sin franceses», el canciller francés Jean-Noël Barrot respondió que Francia no tiene color de piel y calificó la afirmación de racista.
Cuando una senadora paraguaya atacó a Kylian Mbappé con comentarios deshumanizantes tras la eliminación de su selección, la respuesta no vino solo del jugador: un portavoz de derechos humanos de la ONU calificó los comentarios de despreciables y no aislados.
El patrón es el mismo que se documentó en Argentina, con gestos racistas de aficionados contra figuras públicas tras la eliminación de rivales europeos.
El racismo mundialista de 2026 no fue un exabrupto de tribuna: fue, con inquietante frecuencia, un discurso de funcionarios electos.
Geopolítica sin silbatazo de descanso
El torneo también mostró cómo el poder estatal se cuela en la cancha.
Un caso lo resume: tras una expulsión justificada por VAR, Donald Trump apeló personalmente al presidente de la FIFA para anular la suspensión de su delantero.
Del otro lado, las políticas migratorias estadounidenses afectaron a jugadores, oficiales y aficionados de naciones clasificadas; el caso del árbitro somalí retenido en aduanas, pese a portar credenciales FIFA y pasaporte diplomático, ilustra cómo la burocracia migratoria puede pesar más que la neutralidad deportiva que la FIFA dice defender.
Human Rights Watch fue explícita: pidió a la FIFA usar su influencia para cuestionar políticas migratorias que ponen en riesgo a aficionados, trabajadores y comunidades.
México: la hospitalidad como poder blando
Frente a ese telón de fondo, el papel de México como sede ofreció un contraste analíticamente valioso.
Aficiones enteras —coreana, japonesa, iraní, colombiana— fueron «adoptadas» simbólicamente por el público local, al punto de que parte de los investigadores en ciencias sociales en México lo interpretó como un rasgo cultural: la fascinación mexicana por lo diferente, que se observa desde la gastronomía hasta el arte y que permite incorporar al otro como parte de la identidad colectiva.
Es una lectura académica, no un hecho verificable en sentido estricto, pero coincide con el registro empírico de las celebraciones masivas documentadas en distintas ciudades sede.
No hay que romantizarlo: México también tuvo sus propios episodios de tensión —cánticos discriminatorios en gradas, fricciones con aficiones rivales—, y sería ingenuo presentar la hospitalidad como una vacuna contra el prejuicio.
Lo que el balón no resuelve
El Mundial de 2026 confirmó una tesis incómoda: el fútbol no trasciende la política, la amplifica.
La misma cancha que produjo abrazos espontáneos entre desconocidos de continentes distintos también amplificó discursos de odio desde tribunas oficiales.
Ninguna épica deportiva sustituye una política pública contra la discriminación; ninguna hospitalidad espontánea sustituye una arquitectura institucional de derechos.
El legado real de este torneo no se medirá en trofeos, sino en si las sociedades que lo vivieron decidieron algo distinto con lo que vieron de sí mismas.