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Alberto Guerrero Baena
No todo lo que brilla en el césped es gloria: Alberto Guerrero Baena analiza cómo el futbol se convierte en escenario de poder, propaganda y soberanías ficticias.
En esta columna, Alberto Guerrero Baena parte de una advertencia incómoda: el estadio no siempre es solo un lugar para celebrar goles. A veces también funciona como vitrina del poder, como laboratorio de propaganda y como espacio donde la emoción colectiva ayuda a ocultar lo que ocurre fuera de la cancha.
Futbol, propaganda y poder: la cancha como espejo de la soberanía
Hay una mentira cómoda que el mundo del fútbol lleva casi cien años repitiendo: que el deporte y la política no deben mezclarse. Es una frase que los regímenes autoritarios han usado con precisión quirúrgica, precisamente para mezclarlos sin que nadie los vea hacerlo.
Desde que Benito Mussolini organizó el Mundial de Italia en 1934 y lo convirtió en el primer gran laboratorio de propaganda deportiva de la historia, el fútbol dejó de ser exclusivamente un juego para convertirse en un instrumento de legitimación del poder. Lo que cambió con el tiempo no fue la intención: fue la sofisticación del método.
Cuando el gol fue una declaración de guerra
El caso más brutal, y el mejor documentado, sigue siendo el de El Salvador y Honduras en 1969. Tres partidos de eliminatoria mundialista fueron el catalizador inmediato de la llamada “Guerra de las Cien Horas”: entre 4.000 y 6.000 muertos, decenas de miles de desplazados y el colapso del Mercado Común Centroamericano.
Pero conviene ser precisos donde el relato popular no lo es: el fútbol no causó esa guerra. La causaron décadas de tensión agraria, migración forzada y disputa fronteriza. El periodista Ryszard Kapuściński inmortalizó el nombre y, con él, sin quererlo, instaló una confusión que persiste hasta hoy: que el fútbol fue el origen del conflicto, cuando en realidad fue solo el detonante de una pólvora que llevaba años acumulándose. La diferencia no es semántica. Es la diferencia entre un diagnóstico correcto y una política pública equivocada.
El título que tapó los cuerpos
Argentina 1978 es el otro nodo imposible de esquivar. La Junta Militar de Videla usó el campeonato mundial, disputado en el país mientras operaban centros clandestinos de detención, como escenario de una ficción de normalidad proyectada hacia el exterior.
El uso propagandístico del título está bien documentado; la derrota política de ese régimen llegaría cuatro años después, en las Malvinas. El fútbol, otra vez, sirvió para ganar tiempo, no para gobernar mejor.
La patada que fracturó un país
El 13 de mayo de 1990, en Zagreb, la patada de Zvonimir Boban a un policía durante un partido de liga yugoslava se convirtió en el símbolo más potente de la desintegración de Yugoslavia.
No fue un partido de eliminatoria ni de Mundial, conviene precisarlo contra el relato divulgativo que lo narra como tal, pero sí fue la demostración más gráfica de que un estadio puede ser el termómetro más preciso del estado de salud de una nación. Cuando los ultras gritan “Zagreb es Serbia” en cancha ajena, el Estado ya está quebrado aunque los mapas no lo digan todavía.
Petrodólares, sedes y silencio cómplice
Rusia 2018 y Catar 2022 cerraron el ciclo con una variante más contemporánea: ya no es el dictador quien usa el Mundial, sino el Mundial quien usa al dictador; o, más precisamente, quien le vende su legitimidad a precio de mercado.
Las investigaciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos sobre corrupción en la FIFA, las denuncias de Human Rights Watch sobre el sistema kafala en Catar y los llamados fallidos a boicot en ambas ediciones revelaron algo estructural: la FIFA tiene una relación con la ética comparable a la que los cárteles tienen con la legalidad. Funcional, instrumental y completamente divorciada.
La prospectiva que nadie quiere ver
El Mundial 2026 se disputa hoy en un triángulo geopolítico —Estados Unidos, México, Canadá— marcado por tensión migratoria activa, restricciones de visado y una agenda de seguridad que se superpone con la lógica comercial del evento.
El fútbol seguirá siendo hermoso. Pero, mientras no existan mecanismos reales de rendición de cuentas sobre quién organiza los Mundiales, bajo qué condiciones y con qué dinero, el estadio seguirá siendo lo que siempre fue para el poder: el lugar más barato del mundo para comprar silencio masivo.