✍️ Dr. Oscar Aguilar Bulgarelli | Columna de opinión | Con Fisga
La columna Con Fisga advierte sobre el peligro de convertir el gobierno en un show permanente, donde la confrontación, las caravanas, los gestos teatrales y la agresividad verbal sustituyen la seriedad institucional que Costa Rica necesita.
Antes de dar paso a la voz de Óscar Aguilar Bulgarelli, conviene detenerse en el punto central de su advertencia: cuando el poder político convierte cada acto público en espectáculo, el país deja de discutir soluciones y empieza a vivir bajo una tensión fabricada. El show puede entretener por unos minutos, pero desde el gobierno erosiona la confianza, alimenta la crispación y debilita la cultura democrática.
El show como forma de gobierno
Un buen gobierno hace feliz al pueblo por sus realizaciones positivas, por la solución de los problemas fundamentales y, especialmente, por la paz, el equilibrio, el sosiego y la mansedumbre que reinen en el ambiente nacional.
Para ello, lo que menos se requiere es un gobierno que todos los días y a toda hora monte el show de sus actores principales, sea desde la Presidencia de la República, desde los ministerios, desde la Asamblea Legislativa o hasta desde alguna asesora ayuna de escenario mediático.
“El gobierno debe tener moderación o parsimonia”, sentenció sabiamente el expresidente José Joaquín Trejos Fernández, quien en su gestión, sin duda, hizo valer esos conceptos aun en momentos complejos de su administración.
Pero la aceleración de los modales, los gestos violentos, la agresividad y la virulencia verbal han ido creciendo en los últimos años como signo distintivo de eso que se ha dado en llamar “gobiernos chavistas”.
No sé si Rodrigo Chaves, Pilar Cisneros y ahora Laura Fernández son conscientes del enorme daño que le causan al país con esas actitudes y formas de proceder. La crispación que hay en el ambiente nacional nunca antes se había vivido, ni siquiera en los años anteriores a 1948, por una sencilla razón: aunque existían medios de comunicación e información que canalizaban y exponían ante el país los motivos que pudieran existir para crear un ambiente de malestar y de odios, los políticos en liza de todos los partidos, aun en los debates más acres y fuertes, mantenían la necesaria mansedumbre que exigía la opinión pública.
Hoy eso es muy diferente. Los gobernantes actuales no tienen la mansedumbre, la preparación ni la capacidad para sostener debates serios y de fondo, y prefieren el lenguaje agresivo, cargado de frases peyorativas, insultos y lenguaje de arrabal.
Lamentablemente, al gobierno de Laura Fernández no le bastó el show de los miércoles y ahora incorpora los viernes para trasladarse a diferentes partes del país con su espectáculo de marionetas, titiritero incluido.
El viernes 12, por ejemplo, el espectáculo se montó en el puente sobre el río Grande, adonde llegó supuestamente a inspeccionar obras que llevan meses realizándose. Pero, además, su inmensa caravana, con cinco vehículos todo terreno de 130 millones cada uno, chocó en la ruta 27, por el show de sirenas, alta velocidad e imprudencia incluida.
Hoy, el espectáculo en Crucitas rompió todos los moldes y límites. El estallido de un triquitraque puso a correr a “la seguridad” presidencial, policías, diputados, Cruz Roja, bomberos y bombetas por aquel enlodado camino, huyendo del peligroso ataque bomberil, que suena más duro que una bombeta de turno. Temían por su pellejo como si vinieran saliendo de alguno de los frentes de guerra en el Líbano o Ucrania.
La gente sensata se rió de este mal show, y con razón. Pero estos irresponsables no miden el daño que le hacen al país, porque también aumentan la crispación existente y generan más odios a lo interno.
Internacionalmente, además, nos convirtieron en noticia y en el hazmerreír del mundo, como me lo hicieron ver amigos que pocos minutos después me llamaban desde España, Chile y Argentina, preguntando qué había pasado, con tono malicioso.
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Antes de advertir sobre el peligroso gobierno del show, Óscar Aguilar Bulgarelli también había señalado en El amargo despertar las consecuencias políticas de una ciudadanía enfrentada a la realidad del poder.