Venezuela como espejo: la advertencia que Costa Rica no puede ignorar

Venezuela muestra cómo el populismo destruye la democracia. Costa Rica aún está a tiempo.
Por Sylvia Ziesing Camacho

Activista costarricense por la democracia

En 1998, con el mayor nivel de abstencionismo registrado hasta aquel entonces, Hugo Chávez ganó las elecciones en Venezuela, prometiendo reformar la Constitución, atacar a la prensa, expulsar opositores y establecer una supuesta “dictadura del pueblo”. Un discurso que hoy resulta inquietantemente familiar para Costa Rica, donde figuras del oficialismo repiten narrativas similares y normalizan ataques contra la institucionalidad democrática.

La experiencia venezolana demuestra cómo el populismo, el fanatismo y la concentración de poder pueden destruir una democracia desde dentro. Costa Rica aún está a tiempo de decidir.

El descontento con la clase política tradicional, marcada por la corrupción, cegó a una parte importante del pueblo venezolano. Ese hartazgo legítimo fue aprovechado por el populismo, el culto a la personalidad y el fanatismo, entregando el poder a quien en ese momento parecía un reformador, pero que pronto demostraría ser apenas un dictador en formación.

Cómo se desmonta una democracia paso a paso

Una vez consolidado el poder, la dictadura se instaló lentamente. Cayeron el Poder Judicial, el órgano electoral, la libertad de prensa y la libertad de expresión. Todo ocurrió de forma gradual, mientras amplios sectores de la población seguían aplaudiendo. Desde fuera, muchos creímos que se trataba de un cambio positivo. No lo fue.

Fue, una vez más, otro dictador latinoamericano transformando el Estado en una estructura mafiosa al servicio del poder y de una argolla fiel.

Con el paso de los años, todo se degradó: las instituciones, la política, la ética pública. Todo terminó corrompido para sostener al dictador y a quienes le garantizaban lealtad.

Veintiocho años después: el costo final

Veintiocho años han pasado desde aquel punto de quiebre. Casi tres décadas, dos dictadores consecutivos y un país devastado, hasta que hoy la dictadura venezolana cae en medio de intervención militar, misiles, muerte de civiles y captura del segundo dictador.

El remedio, sin embargo, será peor que la enfermedad. No existe país invadido o intervenido por Estados Unidos que termine mejor de lo que estaba. Venezuela pasará de una dictadura local a convertirse en una colonia funcional, un territorio bajo la bota extranjera mientras se le exprime todo el petróleo y los recursos que aún conserva.

Y eso ocurre porque Venezuela tiene petróleo y a Estados Unidos le interesa apropiárselo.

¿Y Costa Rica?

La pregunta es inevitable: ¿qué pasaría aquí?

¿Cuánto podría sostenerse una dictadura criolla sin petróleo que la haga “interesante” para los poderes externos?

¿Cuántas décadas tendríamos que soportar autoritarismo antes de que caiga?

¿Cuántos muertos, cuántos exiliados, cuántas caravanas de migrantes nos costaría?

En Venezuela, la complicidad del régimen con el narcotráfico se hizo evidente con los años. En Costa Rica, las señales existen desde el inicio. La diferencia es el tiempo y la velocidad con la que podríamos llegar al mismo abismo.

Venezuela como advertencia, no como destino

Hoy, Venezuela es un espejo para Costa Rica. La coincidencia de que ambos procesos estén encabezados por dos “Chaves” —uno con “z” y otro con “s”— parece una ironía del universo que nos pone a prueba como sociedad.

La diferencia es que aún estamos a tiempo. Falta un mes para decidir si seguimos el camino del fanatismo y la concentración de poder, o si asumimos la democracia como lo que realmente es: un proceso permanente de construcción y mejora.

La salida no es entregar el país a un caudillo con ansias de control.

La salida es involucrarnos como ciudadanía, exigir rendición de cuentas y mover a Costa Rica en beneficio del bien común.


 

Deja Tu Comentario
Comparte en Tus Redes Sociales Favoritas